Abajo sus Altezas Reales.

En el peridiódico de hoy encontré un comentario que reproduzco, esperando no causar molestias a una de las mejores plumas de Guatemala, el Periodista Juan Luis Font, director de ese medio.
Lo he copiado tal y como lo leí porque me parece tan acertado en un tema que los latinoamericanos no entendemos aún.
Como es posible que a estas alturas existan familias reales en el mundo, reyes, reinas, princesas, principes,etc…
Esto solo existe para muchos en los cuentos de hadas pero es incomprensible que los europeos tengan ese complejo de inferioridad.
Este es el comentario escrito hoy en uno de los diarios influyentes de Guatemala.

ABAJO SUS ALTEZAS REALES

Juan Luis Font /elPeriódico

El País es el diario más prestigioso y respetable que se escribe en castellano. Uno de los de mayor influencia en el mundo, además. El lunes último su portada electrónica mantuvo por varias horas una nota de farándula como la principal del día. La nota leía que en su primer encuentro después de anunciada la separación entre la infanta Elena, la hija mayor de los reyes, y el duque de Lugo, don Jaime de Marichalar, sus majestades se habían topado con el díscolo yerno en la inauguración de una muestra de museo. Los reyes se acercaron a él y le saludaron ambos con un beso en cada mejilla. Y de Marichalar que se inclina respetuoso antes sus majestades. Esa era la noticia. Vaya asunto de Estado.

Días atrás, The Guardian, la más encomiable maravilla periodística que se publica en Inglaterra, contaba que Gordon Brown, el primer ministro, reinstauró una vieja tradición ya desusada. Lo hizo en el Parlamento, con ocasión de la lectura del informe anual de Gobierno. El hombre prefirió caminar de espaldas, como quien visita al Santísimo, para no incomodar con su parte trasera a la Reina. La foto mostraba a su augusta y poco agraciada majestad, sabiéndose merecedora de aquella deferencia toda ella, mientras un par de azorados pajecillos lucían unas mallas blancas que mi hijo de siete años por elemental vergüenza no se pondría jamás en la vida.

Y ahí está ese príncipe de Holanda (¿o es de Bélgica?), cuyo nombre hoy se me escapa, que va de negocio ruinoso en negocio fraudulento y nunca llega a la cárcel porque a su madre la Reina le daría un síncope y los contribuyentes nomás aguantan.

También es peculiar don Felipe de Borbón, quien a poco está de entregar hasta la medalla de mérito de los Boy Scouts por encender ligerito la fogata de tanta exposición pública que busca.
O el príncipe Alberto de Mónaco, cuyo sentido de responsabilidad paterna da para escribir un tratado.

¿Y a nosotros los latinoamericanos nos dicen primitivos? Pero si aquello parece del Medioevo. Hay que recordar que no hace mucho todavía los europeos mandaban a buscar príncipes y princesas a los países del norte para que los gobernaran. Mientras más rubios, altos y delgados, más apetecidos. De ahí que Grecia haya tenido una casa real importada de Dinamarca –la cual en el exilio ya casi olvidó el idioma griego–, Bulgaria lo mismo, y Rumania no se diga. Los franceses, los italianos y los portugueses han sido más juiciosos al abolir la monarquía.

En uno de esos viajes a España organizados por el Gobierno de aquel país con el noble afán de familiarizar a periodistas extranjeros con sus instituciones (en esto de invitar a periodistas los taiwaneses no están solos, menos mal), nos llevaron a mis colegas centroamericanos y a mí a conocer a un connotado jurista. Un doctor de mucha ciencia, afamado constitucionalista que había contribuido a redactar la carta mayor cuando declinaba Franco. El hombre casi se estremecía cuando nos contaba de sus consultas a la “real persona” para redactar este o aquel artículo de la Constitución. Olvidé preguntarle si en una de esas a don Juan Carlos le dio por preferir que la sucesión privilegiara a los varones para evitar que sus meninas hubieran de hacerse reinas.

¿A quién se le ocurre que un pueblo entero deba pagarle sus gastos a una familia por encima de todas? A quien busca sustituto de Dios, sin duda. Y los palacios en cada sitio interesante, los yates, los aviones reales y las reales vacaciones, ¿no es un poco ridículo que sigan siendo sufragados por los ciudadanos dispuestos además a doblar la rodilla frente a los monarcas? Una amiga mía dice que no entiendo de reyes y reinas y me burlo de sus aparentes excentricidades porque nací en una república (o el remedo de ella). O sea que padezco una especie de minusvalía. Pues qué le vamos a hacer. De este lado del Atlántico somos republicanos. En este tema, me entiendo mejor con Hugo Chávez Frías. Creo.

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