Una mejor forma de enseñar las matemáticas(tercera parte)



Por: Hugo Leonel García
hugamonte@yahoo.com
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Un comportamiento común del estudiante es que, cuando se enfrenta a un concepto que le resulta incomprensible, lo rehuye y pospone en vez de enfrentarlo, hasta el momento en que la crisis se presenta, y esto perfectamente podría ser un mal hábito aprendido desde la niñez, durante el estudio de las matemáticas, pues, cuando el niño no comprende un concepto, pese a que se le ha explicado varias veces, rehuye la presión afirmando que ya comprendió y pretende pasar al siguiente tema sin haber comprendido el anterior, la presión cede por un corto período, pero pronto se da cuenta de que el nuevo concepto resulta más difícil de comprender, pues necesita la comprensión del anterior para poder comprender este; si el fenómeno subsiste, el niño pronto rehuirá las clases y los exámenes serán un verdadero martirio.

Ante la presión del compromiso con sus padres y la de no ser considerado el tonto de la clase por sus compañeros y el maestro, su única alternativa es aprobar los exámenes, y entonces se esfuerza tenazmente por aprender todo de memoria, con la esperanza de poder repetirlo durante el mismo, como un loro que no comprende lo que dice. Si lo logra, habrá salido del apuro, pero sabe que tendrá el mismo problema para el próximo examen o el próximo año.

Si no lo logra, tendrá que enfrentarse al fracaso y si le ocurre repetidamente, abandonará el esfuerzo y declarará que él es un inepto “que no sirve para las matemáticas”, declarándose un derrotado en este aspecto, comportamiento que fácilmente puede adoptar después en otras áreas de la problemática de la vida. Lo peor de todo es que probablemente, por tenacidad logre graduarse de maestro y ¿que maestros forjará él?, haciendo víctimas a los niños que le toquen, como fue él víctima de su maestro.

Aprovecho la oportunidad para manifestar que es fácil comprender que, de nuevo, resulta indispensable rediseñar nuestros métodos de enseñanza y toda la estructura educativa del estado, A efecto de que se forjen maestros que de verdad respondan a tal calificativo.

Cuando estudiaba el álgebra elemental conocí otros intentos de rehuir el problema: “Yo para qué debo aprender matemáticas si estudiaré psicología (o derecho)”, ahora comprendo que alguien escoja su profesión pretendiendo huir de las matemáticas. Más triste aún resultó que no hubiera algún profesor con alguna sabiduría y amor para responderles adecuadamente, para responderles que las matemáticas nos serán útiles más adelante, en cualquier aspecto de la vida, pues constituyen un gran entrenamiento para la mente, que será útil en el estudio de cualquier otro tema, enseñándonos a analizar y encontrar respuestas, que somos los adultos, los que vamos adelante, los que estamos más capacitados (o menos incapacitados) para saber lo que los niños de hoy necesitarán al crecer, y por último para preguntarles ¿cómo sabes lo que estudiarás, si aún no conoces todas las opciones?.

En fin que hablando en términos generales, nuestro sistema educativo deja mucho que desear pero, de la misma manera que debemos esforzarnos por mejorar nuestra relación padre-hijo, los maestros deben esforzarse tenaz y honestamente por mejorar la relación maestro-alumno, esfuerzo que corresponde al maestro por ser más diestro y experimentado que su pupilo, porque él ya fue alumno y conoce las dificultades a las que se enfrentó para aprender, porque devenga un salario para que el niño aprenda, además de que como cristianos, estamos obligados a sacrificarnos por el prójimo (amor del espíritu). Para lograrlo, me permito sugerir algunos caminos que espero puedan considerarse claros y prácticos:

a). Comprender que la tarea, la meta, no es devengar un salario mediante la asistencia a dar la clase y mal repetir lo que el libro explica mal, sin comprenderlo en absoluto o no completamente, ¿cómo puede enseñar lo que no comprende?, la tarea es lograr que el alumno comprenda y aprenda

b). Esforzarse por comprender claramente los temas a impartir, comprando otros libros, preguntando, meditando y en fin, dedicar tiempo a su tarea, la que cada vez será más fácil. Además, debe siempre pensar en la forma (encontrar las palabras y frases que inequívocamente transmitan el mensaje) en que se lo explicará a sus alumnos, con sus propias palabras y tratando de encontrar diversas formas de hacerlo. Lo que constituirá también, un excelente ejercicio para su intelecto.

c). Debe asegurarse de que el niño comprenda el significado de sus palabras, teniendo en cuenta que, en general, el niño no puede explicar la causa de que no comprenda, es decir, no se trata de repetirle y repetirle, sino de indagar la causa que le dificulta la comprensión y ayudarle a superarla una vez encontrada. La experiencia así adquirida facilitará la tarea de ayudar a otros niños.

d). Comprendidos por el niño los conceptos, debe seleccionarse ejercicios que al principio permitan al niño aplicar lo que aprendió, lo que mejorará aún más su comprensión y memorización, a la vez que mejorará su destreza, para luego buscar tareas o problemas más complejos que lo obliguen a enfrentarse a situaciones diferentes (nuevas), que a su vez, lo obliguen a esforzarse mentalmente en su análisis.

e). El maestro debe lograr que, particularmente el estudio de las matemáticas, sea considerado por el niño como un juego en el que se trata de resolver interesante rompecabezas, cuya aplicación en la vida no puede comprenderse ahora, pero que se comprenderá más adelante, cuando requiramos de las destrezas mentales que ahora se creen y desarrollen.

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