Un compañero, de los de siempre…

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Por:Ricardo Rosales Román
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Hace como diez días le pregunté a un compañero de Cobán si sabía cómo estaba el compañero Carranza. Me dijo que últimamente no había tenido noticias. De Alta Verapaz o Izabal era de donde recibía noticias de él y así como unas veces eran buenas otras no. Lo que más lo afectaba era su salud. Lo asombroso era que de cada recaída salía siempre bien, o mejorado. Efraín Reyes Maas, que era el verdadero nombre del compañero Carranza, falleció el pasado viernes 15 en horas de la noche a la edad de 92 años. De su deceso me enteré el lunes.

El fallecimiento de alguien cercano es siempre doloroso. Pero todavía se siente más cuando se trata de alguien con quien haya habido identificación de ideas, luchas, logros, reveses, pero, sobre todo, lealtad y camaradería. Tener que decir algo que antes no se dijo o son elogios de conveniencia o apologías a destiempo. Reconocer los méritos y cualidades de alguien, su ejemplo y rectitud, valentía y heroísmo, comportamiento y legado, tiene que ser continuación obligada de lo que se aprendió e hizo a su lado y con él. De otro modo, se corre el riesgo de la exageración, idealización, y valoración de compromiso.

En nuestro mezquino medio, a los luchadores revolucionarios es frecuente que se les reconozca sus méritos sólo después de muertos o que, ingratamente, se trate de enterrar a los comunistas para siempre responsabilizándolos de los errores que no se tiene la honradez de reconocer como propios.
De El Abuelo, que fue como también se le conoció a Efraín Reyes Maas, es mucho lo que se puede decir. En todo caso, lo que sobresale fue su sencillez, inteligencia de campesino q’eqchí, y una muy especial capacidad de convencimiento y ascendencia. Es sobre ello que habrá que escribir más adelante y con un objetivo puntual y preciso: preservar y enriquecer creadoramente las ideas por las que luchó con tenacidad y perseverancia.

Al compañero Carranza hay que tenerlo presente por lo que fue: modesto, competente, abnegado, irreductible.
Ideológica y políticamente fue de los compañeros más firmes y consecuentes que yo haya conocido, y cuyos aportes siempre fueron de alguien que tuvo presente que todo lo que se aprende y enseña sólo es válido y sustentable si se basa en la realidad y circunstancias propias del lugar y del momento en que se está, su probable desarrollo, desenvolvimiento y desenlace pero, sobre todo, si corresponde con lo que se hace. En ello radicó siempre la validez de lo que decía, anotaba o comentaba. Supo ser el militante disciplinado que validó el ejercicio de la crítica y la autocrítica como método de trabajo y dirección para corregir errores y aprender a no volver a cometerlos.
Se le puede definir como de los que estuvieron lo suficientemente lejos de caer en cualquier clase de dogmatismo u ortodoxia castrante, así como de dejarse influenciar por el subjetivismo intelectualista.

Lo que autodidactamente llegó a conocer y dominar del pensamiento de Marx, Engels y Lenin fue un conocimiento y dominio apegado a la realidad nacional y a nuestra práctica y experiencia. No exagero si digo que tuvo la lucidez y capacidad de fusionar lo mejor de los pensadores revolucionarios de nuestra época con la cosmogonía de los pueblos originarios de nuestro país y, más concretamente, de la cultura y sabiduría q’eqchí. Es lo que para mí explica su indiscutible liderazgo regional y nacional así como su destacada militancia y papel de cuadro y dirigente del PGT, el Partido Guatemalteco del Trabajo.

Durante la lucha clandestina trabajamos juntos y platicamos muchas veces. En las reuniones del partido en su región, era el dirigente principal al que había que escuchar con atención y respeto. Su trabajo, experiencia y conocimiento de la región norte del país, la Costa Sur, y el Altiplano, me fue de lo más útil en el empeño por superar teórica y prácticamente las limitaciones propias de mi extracción de clase. Recuerdo que cuando hablábamos de ello, me decía que esa era la cuestión principal a resolver para quienes pasan a militar al partido de los comunistas sin provenir de la clase obrera, el campesinado u otras capas y sectores oprimidos y explotados de la población; es todavía más complicado, agregaba, si no se tiene conciencia de lo que ello significa y cómo trasciende en la labor teórica y práctica.

Las capas medias, me dijo una vez, son las más reacias a identificarse y hacer causa común con la lucha de la clase obrera. Las atrofia su ilusión de ascenso y acomodamiento económico y social aunque estén cada vez más condenadas a un mayor empobrecimiento; además, son fácilmente influenciables por cualquier tipo de desviaciones ideológicas y políticas, y el radicalismo izquierdizante o de derecha.
Parafraseando a Bertold Brecht, Carranza fue de los que lucharon toda la vida y, en palabras de Otto René Castillo, de los que no traicionó / a su clase, / ni con torturas, / ni con cárceles, / ni con puercos billetes. / Es de los compañeros / de siempre, / de los que nunca se rajaron.

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