Maíz.

Por: Ivan I. Choto.
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¡Oh Dios mío! Pudiéranme encerrar en una cáscara de nuez y me creería rey del infinito universo, a cambio de no soñar horrores.
-De Hamlet- William Shakespeare-

Murió Francisco Enrique Figueroa Valenzuela (1938-2008) el legendario –Maíz-, mi amigo de quien siempre admiré su filosofía de la vida, su estoicismo, su exquisita tertulia saturada de una erudición infinita. Amigo de todos, refugió por muchos años sus nostalgias y adversidades en sus deseos báquicos y fue tal su afición al néctar sublime de los dioses beodos que arriesgo hasta las últimas consecuencias su humanidad ilustre.
Parece ser que nunca lo abandonó la melancolía, el recuerdo de Braulio el poeta, su hermano, su adlátere de días, noches, semanas y ausencias.

La reminiscencia trágica de sus amores, las tardes de café y concilio que disfrutaba entre intelectuales, poetas, artistas y comunes que visitaban su librería Maíz de la 5ª calle de la zona 1 para comprarse un clásico griego o algo de lo “prohibido” de Marx, Engels, Antonio Gramsci o Mao.

Yuri Alexéievich Gagarin, el primer hombre en orbitar la tierra el 12 de abril de 1961 y quien abriera la era de las misiones espaciales tripuladas, fue quien lo inspiró para el nombre de su primogénito Yuri, -de quien- según contaba Maíz, se enteró de su nacimiento en el preciso momento que se transmitía la noticia sobre que Rusia había puesto con descomunal éxito al primer hombre en orbita. “En la Sierra Maestra de Guatemala entre sexta y séptima calle de la decima avenida en la zona 1 yo ya me encontraba en orbita desde hace varios días cuando ese histórico acontecimiento” comentaba Maíz en conversaciones sobre su vida bohemia.

Habrá de irse a encontrar mi ínclito maíz desde este recién 5 de febrero de 2008 en alguna orbita ignota con alguno de sus tantos amigos que cosechó en esta vida, su consentido hermano Braulio el poeta, su hermana Mercedes, sus compañeros juristas, Apolo Mazariegos, Julio César Méndez Montenegro, el escritor Manuel José Arce, con mi también amigos Jorge Oswaldo Pérez Jacobo, Marco Antonio Villamar Conteras, Enrique Del Águila y tantos otros que descollaron en las letras, el arte, la politica, el deporte, la burocracia y la historia de esta Guatemala que se convirtió en nuestra tierra hermana y madre de nuestros hijos, de nuestras esperanzas apretadas y que han sobrevivido a todo lo acontecido en el recién pasado vertiginoso y herido siglo XX.

Que bueno fue tener un sabio como Maíz en el peregrinaje de la vida, como hay que tener la fortuna de encontrárselos primero en la familia. Lo más desafortunado es no tener un sabio en casa; en la universidad solo aprendes instrucción, eficacia, éxito, prosperidad, competencia, poca y a veces buena academia; todo esto muy distinto a cultura y sabiduría que son esencialmente heredados de tu genealogía. La disciplina ancestral es otra cosa si no hay de esto en tu intimo la ciencia que sepas nunca será sincrónica, estará vacía.

¡Gracias Quique! Por los libros, los versos de Neruda, las anécdotas sobre la Guatemala cotidianamente paupérrima, por la encarnación latente de Garrik que llevabas intrínseca en tus afanes de todos los días.

No quise ir a verte, no quise como dijo el poeta encontrarte “mirando tus viejos zapatos vacíos para siempre”, con el deseo de irte a caminar por última vez la sexta avenida, el hipódromo, el parque centenario, el central o el Colón o nos fuésemos a la zona diez a buscar al vampiro para que te recetara algo para la melancolía.

Cuando un amigo se va / se queda un árbol caído / que ya no vuelve a brotar / porque el viento lo ha vencido.

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