Decadencia del imperio.

Por: Ricardo Rosales Román

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En el año del 160 Aniversario de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista y a 125 del fallecimiento de Carlos Marx

Hoy, hace exactamente cinco años, el presidente George W. Bush lanzó la más cuestionada y aventurera guerra de agresión, ocupación y conquista contra el pueblo iraquí. Dos años antes, se embarcó en algo muy parecido en Afganistán y, en ambos casos, con base en infundios y bravuconadas, y una estrategia de lucha global contra el terrorismo internacional que, hasta ahora, no le ha dado ningún resultado a no ser la de tensar y agravar aún más la situación a escala mundial.

En ese sentido, lo que la administración republicana heredará a la que le sustituya, sea republicana o demócrata, es un mundo envuelto por las llamas de la guerra; un mundo más inseguro, violentado, convulso.

El imperialismo, en la etapa actual, se caracteriza por su cada vez mayor belicosidad, intervencionismo y guerras de ocupación y conquista. El pueblo estadounidense y demás pueblos, países y naciones del mundo son sus víctimas principales. Le caracteriza, además, su doble moral y el fariseísmo electoral.

A las elites confesionales, fundamentalistas, corporativas y políticas así como a otros segmentos de la sociedad estadounidense, les es intrínseca una doble moral en que la mojigatería coexiste con desquiciados convencionalismos sociales. En lo institucional, su sistema de votaciones depende de las decisiones de las cúpulas financieras, bancarias, industriales y comerciales. No son los votantes los que deciden que sean los demócratas o los republicanos quienes se instalen en la Casa Blanca.

A ello hay que agregar la más grave recesión de las tres en que ha caído su economía en los últimos 18 años y que, aunque no necesariamente desemboque en otra Gran Depresión, de darse, sería peor que la de 1929 teniendo en cuenta la situación y condiciones en que Estados Unidos está actualmente y el entorno internacional de nuestra época.

Los indicadores que más se manejan parecen ser el anticipo de bancarrotas financieras y bancarias en grande y una agravación mayor de las ya de por sí precarias y desesperantes condiciones de vida, empleo, económicas y sociales de la mayoría de la población.

No es de extrañar, entonces, que en momentos de crisis o en años de votaciones, proliferen los escándalos como en el que recientemente se ha visto involucrado el gobernador de Nueva York.

La renuncia del señor Eliot Spitzer a su cargo tiene más de una lectura. Pero, lo cierto es que en un “orden social establecido” como el de Estados Unidos y el falso puritanismo de un sistema en descomposición y decadencia, ese tipo de “escándalos sexuales” son de lo más recurrentes y, además, se toleran o ignoran cuando conviene al sistema y a las elites, y es el sistema y esas elites las que los sacan a luz cuando se trata de beneficiar a alguien y, a la vez, perjudicar a alguien.

En el caso del renunciado gobernador newyorkino, es una carambola a dos bandas. Por un lado, se trata de cerrar el paso anticipadamente a “la carrera política” de quien hasta el pasado lunes 10 se le consideraba como “una de las figuras más prometedoras del Partido Demócrata”, de habérsele visto como “el sheriff de Wall Street” o el “Eliot Ness de esta época” y poseedor de “una de las más grandes fortunas de Estados Unidos”.

Por el otro, todo indica que el golpe principal está enderezado contra las primarias de los demócratas y, más concretamente, contra el señor Obama que, por contradictorio que parezca, une a quienes se oponen a su candidatura tanto del lado de los sectores más conservadores, retrógrados y racistas de los republicanos como de los demócratas.

En todo caso, cualesquiera que sean los resultados de las votaciones del primer martes de noviembre, la belicosidad, intervencionismo, guerras de ocupación y conquista que caracterizan al imperialismo en el momento actual, no sufrirán variantes de importancia como tampoco se podrán dar cambios significativos en los convencionalismos sociales y la mojigatería de las elites económicas, financieras, corporativas, clericales y políticas.

Quede quien quede, el único cambio que se va a dar es en los nombres de quienes estarán al frente de la administración washingtoniana.
Al señor George W. Bush, lo podrá suceder el señor McCain o el señor Obama o la señora Clinton. Para el caso son, en general, lo mismo. Los diferencian los símbolos de sus dos partidos y el peso e intereses no antagónicos de quienes los patrocinan y respaldan.

Los votantes a lo que tienen “derecho” -si es que en tales condiciones puede hablarse de derechos- es a avalar en las urnas la decisión que ya tomaron los verdaderos y reales dueños del poder económico y político.

Puede decirse, en consecuencia, que las votaciones en EE.UU. son la expresión más acabada del fariseísmo electoral en las democracias del gran capital, para el gran capital, impuestas, e institucionalizadas y al servicio de los dueños del gran capital.

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