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Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega Saavedra¿violó a su hijastra?

April 6, 2008
Este es mi testimonio y juro dejar escrito solamente la verdad como verdadero es Dios, por la memoria de mi abuelita Zoilamérica Zambrano Sandino, a quien tantas veces he invocado en momentos de desesperación y angustia; por mi hijo Alejandro y mi hija Carolina, quienes representan la luz y esperanza de una nueva vida. Juro que todo lo que contiene este testimonio es LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA VERDAD; en él encontrarán las evidencias de una vida cercenada y la depravación de un hombre que fue protagonista de una revolución social y política, Presidente de la República y actual líder del principal partido de oposición.

La luz que busco está en la verdad y en la valentía de reconocer la vida que se me impuso y poner la frente en alto, pese al dolor, para decirle al mundo que sobrevivir ha significado un tortuoso camino que aún no termina. He tenido que sumergirme en lo más hondo de mis fragilidades y secuelas para adquirir la fortaleza y la inspiración que necesito para enfrentar mi realidad y abrir nuevos capítulos de mi existencia. Existencia que en el pasado tuvo un alma profundamente quebrantada pero resistente a la muerte.

La luz no está en la mentira, en el silencio, en el sometimiento del espíritu, en la cobardía y complicidad, no está en la doble moral ni en la aberración a la condición humana. Por eso, con plena conciencia y determinación propia, tengo que proceder a realizar un justo y consecuente acto de liberación total de todas aquellas cárceles de mi vida, y afirmar con el peso incalculable de lo sufrido, que la mujer y el hombre nuevo y la utopía de una sociedad plenamente justa, han sido traicionados por quien ostentando gran poder, cometió vejámenes sexuales, físicos y sicológicos contra la humanidad de una mujer desde su infancia, y a quien adoptó como hija.

Desde el 2 de Marzo del año en curso, me he declarado en una cruzada por reconquistar mi verdadera identidad y dignificación de mujer y ser humana integral; para mí, en esta etapa trascendental de mi vida, no hay reivindicación en el mundo más importante que el encuentro con mi propio ser, al que muchos desconocen pero que en su despertar y andar ha acumulado fuerzas suficientes para emprender una lucha que encuentra como principal muro los actuales tejidos y vestigios del poder y el sistema patriarcal implantado por siglos.

¿Quién soy?.
Mi nombre: ZOILAMÉRICA. Mis progenitores son: Jorge Narváez Parajón (fallecido) y Rosario Murillo Zambrano. Públicamente se me conoce como Zoilamérica Ortega Murillo, debido a la adopción que efectuara el señor Daniel Ortega Saavedra en el año de 1986.

Nací el 13 de Noviembre de 1967, en la ciudad de Managua; de profesión socióloga (1995, Universidad Centroamericana, Nicaragua), militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, y actualmente Directora Ejecutiva del Centro de Estudios Internacionales.

Mi vida, desde que tengo memoria, estuvo marcada por Sandino y el Sandinismo. Supe de Sandino, tío de mi abuela, cuando mi madre enterró una efigie de éste en el patio de la casa. Y he conocido del Sandinismo, desde cuando mi madre en su juventud dedicó sus esfuerzos y energías a la causa.

En la soledad y vacíos de mi niñez, siempre quisieron contribuir con sus atenciones y cariño mi abuelo, mis tías abuelas y mis tías maternas.

La causa.

Afirmo, que fui acosada y abusada sexualmente por Daniel Ortega Saavedra, desde la edad de 11 años, manteniéndose estas acciones por casi veinte años de mi vida, y que a lo largo del presente testimonio expondré en las formas sucedidas.

Afirmo, que mantuve silencio durante todo este tiempo, producto de arraigados temores y confusiones derivadas de diversos tipos de agresiones que me tornaron muy vulnerable y dependiente de mi agresor.

He tenido que transcurrir un doloroso y desgastante camino para saber interpretar y conocer yo misma, las consecuencias y secuelas de sistemáticas y salvajes prácticas que en mi contra se cometieron desde 1978 hasta febrero de 1998, es decir, hasta hace poco.

Fui sometida a una prisión desde la propia casa donde reside la familia Ortega Murillo, a un régimen de cautiverio, persecución, espionaje y acecho con la finalidad de lacerar mi cuerpo e integridad moral y síquica. Mi silencio fue la expresión de un ambiente propio de la clandestinidad y la aplicación de una férrea secretividad. Daniel Ortega, desde el poder, sus aparatos de seguridad y recursos disponibles, se aseguró durante dos décadas a una víctima sometida a sus designios y voluntad individual.

Denunciar esta cadena consecutiva de hechos no me ha sido fácil, he tenido que vencer el fatalismo y el miedo a responder preguntas que formulé desde el fondo de mi ser, tales como: ¿Por qué me tuvo que suceder eso? ¿Qué hice yo para merecer la vida que tuve?. Las respuestas me reclamaban despertar y rebelarme ante los grilletes impuestos. Sentido de oportunidad en un proceso tan complejo no pude determinarlo ni me preocupó, pues en un caso como el que represento y frente a un agresor de gran poder, tuve que llenarme de coraje y valor para empezar mi liberación y nacimiento indistintamente del tiempo y de los acontecimientos. Mi alma pidió gritar y así lo hice en el momento que debió ser; ahora pide reivindicación total y plena.

Para mí, ahora, el sentido y la lección más importante es el profundo respeto a la vida en sus múltiples dimensiones. Este respeto es un principio elemental, ya no sólo porque se suscribe en documentos oficiales que rigen a las naciones, sino por un sentido de humanidad que nos dice que si alguien no es capaz de respetar una vida, no puede considerarse humano.

Mi experiencia muestra cómo se violenta e irrespeta una vida, no sólo atentando contra ella mediante la amenaza de agresión física que conlleva a la muerte, sino también, cercenando su realización como individuo, como ser y como todo. Quiero decir, con ello, que lo que viví fue el INTENTO DE ASESINAR MI DERECHO A CRECER, A VIVIR y a tener ejercicio pleno de mi voluntad. Durante todo este tiempo se me negó el derecho a existir como ser humano, se me mantuvo como objeto de otro ser. Sencillamente, y no tengo más palabras que expresar, SE ME NEGÓ EL DERECHO A LA VIDA.

Si sumo a ello, que fue mi condición de mujer la primera en ser mancillada y objeto de vejámenes, he de reiterar que son aquellas lesiones a mi género las más severas a la integridad y derechos humanos. Fue a partir de las características de mi sexualidad, del aprovechamiento de los patrones de desventajosa inferioridad que se entretejió la esencia de la dominación y encarnación del sistema patriarcal.

La forma en la que operó el poder y sus instrumentos, me llevan a enarbolar una bandera que establezca que los abusos de poder en las mujeres tienen manifestaciones tan diversas como todas aquellas presentes en mi caso. Se abusó en mi condición de niña, se abusó en mi condición de mujer, se abusó de mi cuerpo, se abusó de mis emociones, se abusó de mi condición de militante sandinista y se abusó de mis concepciones.

El poder, que se aprovechó de la ingenuidad propia de mi niñez y adolescencia, estrenó en mí todos los instrumentos posibles de dominación: físicos, sicológicos, políticos, familiares y militares. En mi contra, se hizo uso de la autoridad, de la fuerza, de la destrucción, de la subjetividad, etc. Se me hizo daño desde el ejercicio del poder supremo de este país, desde una tribuna que hoy nos debe hacer reconocer que el ejercicio de la política debe estar marcado por un profundo sentido ético y humano. Quiero decir con ello, que no puede haber una proclama y un discurso político que sea incongruente con una práctica personal, individual.

Hoy, debo encaminarme a mi propio saneamiento y al proceso de muchas mujeres que aún pernoctan en el silencio, el miedo y la oscuridad, para una vez andado el valor y de levantar la frente, no se nos victimice ni castigue nuevamente.

Hoy, debo celebrar el hecho de estar viva. Hoy, debo agradecer a quienes con pequeñas cosas, y sin saberlo ellas mismas, me dieron luces y fuerzas en medio del holocausto para enfrentar semejante reto en mi vida, y seguramente, de la sociedad en su conjunto.

II. De los 11 a los 14 años: abusos deshonestos

En 1977, después de sufrir mi madre encarcelamiento por sus actividades políticas, mi hermano y yo tuvimos que acompañarle y salir rumbo a Panamá, donde residimos primero, luego nos dirigimos a Venezuela y finalmente a Costa Rica, donde nos establecimos hasta el 21 de julio de 1979. Para la niña de diez años que era entonces, el exilio significó la separación de mis principales fuentes de amor, cariño y protección: mi abuelo, mis tías abuelas, mi tía Rosi y mis tías maternas.

Vivir en un país desconocido, sin familiares cercanos que atendieran mis necesidades, con una madre comprometida con una causa política, produjo en mí miedo, aislamiento, timidez y soledad en un ambiente de extremos riesgos y persecuciones, y donde el silencio y la prudencia constituyeron la norma de conducta en ese período, interrumpiendo así la normalidad de mi vida en su tránsito de la niñez a la adolescencia.

En 1978, en San José, Costa Rica, conocí a Daniel Ortega Saavedra, cuando yo tenía once años de edad no cumplidos. En ese país vivimos en condiciones de clandestinidad, de encierro; no podíamos hablar con nadie por guardar secretos y como tal aprendimos a comportarnos.

La casa que habitamos (mi madre, hermanos y yo) fue un importante centro de actividades político militares -de seguridad se solía decir-, con mucho movimiento, entradas y salidas de gente, muchas de las cuales se quedaban a pasar la noche. Nuestras verdaderas identidades fue todo un misterio y el silencio rondó nuestras vidas. Como nicas y sandinistas vivimos escondidos todo el tiempo. El secreto fue parte de la vida clandestina.

Daniel Ortega, cuyo seudónimo era Enrique, desde un inicio me inspiró miedo y desconfianza por la forma rara de mirarme desde entonces; fueron muchas personas desconocidas las que llegaban a aquella casa, con quienes jamás tuve cercanía. Después de algunos días, me enteré que aquel hombre extraño era comandante, una persona muy importante para el resto de la gente y que sostenía con mi mamá una relación de pareja.

Fue en este país y en los primeros meses que él se vinculó a nosotros, que comenzó su acoso con bromas y sugerencias de juegos malintencionados, en los que me manoseaba y obligaba a tocar su cuerpo. Luego, cuando el tiempo fue avanzando y se me presentaron las primeras manifestaciones de menstruación, decía: “Vos ya estás lista”, sin que interviniera confianza ni relación de afecto alguno. Después me asaltaba sorpresivamente en lugares oscuros para tocarme y durante mis baños me espiaba por encima de la cortina, escondiendo mi ropa interior y bromeando con ellas, algunas veces llegó a hacerlo en público. En muchas otras ocasiones amenazó con penetrar al baño estando yo adentro, advirtiéndome de que probaría lo que era bueno.

Yo tenía en ese entonces, una educación sumamente religiosa y por tanto consideré vulgar y soez aquellas palabras y frases referidas a partes íntimas de mi cuerpo; cada vez que esto sucedía me sentía muy ofendida y ultrajada.

No sostuve contacto ni relación con ninguna de las personas que frecuentaban la casa de seguridad, pues las sentía muy extrañas a mi entender y mi edad.

Yo no tuve la oportunidad de decirle a alguien sobre aquellas frases, insinuaciones y bromas de mi agresor. A mi madre la consumían las múltiples ocupaciones o responsabilidades, aunque en realidad nunca tuve claridez de lo que realmente hacía. Durante este tiempo, yo sentí cierto abandono y soledad, mi madre no fue un ser cercano ni estuvo pendiente de mí. Desde entonces no tenía la confianza para decirle que su compañero me decía cosas. No desee crearle problemas a mi madre con su compañero y temí que interpretara que eran quejas para demandar atención materna. En distintos momentos ella dijo que yo era sumamente exigente y demandante de atenciones y mimos.

Cuando encontré a Daniel Ortega copulando con la empleada de la casa, no supe qué hacer, me sentí impactada, aturdida y bastante amenazada, pues las ofensas verbales fueron más frecuentes y chocantes para mí. Mi seguridad desapareció, pues las amenazas que me hizo en variadas ocasiones comenzaron a cumplirse por la noches; cuando mi madre dormía, Daniel Ortega se dirigía al cuarto donde me encontraba para arrecostarse en mi cama y rozarme con su pene partes de mi cuerpo. Recuerdo que me daban escalofríos, temblores y sentía mucho frío. Yo cerraba los ojos para no ver nada, permanecía inmóvil sin poder hacer nada.

Temprano por las mañanas, cuando me alistaba para ir al colegio y mi madre dormía aún, él se levantaba y me observaba, ahora ya no sólo para verme por encima de la cortina del baño, sino para masturbase. Esto lo llegó a hacer en reiteradas ocasiones.

Me comenzaron en esta etapa, pesadillas con imágenes difusas y sensaciones extrañas de miedo, que sumados a episodios de asco y rechazo me empezaron a afectar mi manera de ser y mi propia interioridad. El tener un secreto que no tenes a quien contar, me generaba mucha angustia.

Inmediatamente después del asalto al Palacio Nacional, por razones de seguridad, mi madre, Daniel Ortega y nosotros (los muchachos), pasamos a vivir en una casa aparte, alejada de las actividades organizativas del FSLN. El ambiente era mucho más solitario, ni la empleada de nacionalidad costarricense se quedaba a dormir. Las noches las pasábamos solos, encerrados en nuestro cuarto.

Las bromas de Daniel Ortega se fueron convirtiendo en verdaderas y directas insinuaciones sexuales, me levantó falsos y agresiones sicológicas cuando afirmaba categóricamente que yo sostenía relaciones con el chofer del bus del colegio, simplemente por ser alguien quien nos tomó cariño a mi hermano y a mi. Yo en ese entonces tenía 11 años de edad y este tipo de frases me resultaron muy agresivas. Por ejemplo, me preguntaba al llegar del colegio: “¿Ya venís contenta? ¿ya te lo hicieron?”, entre otras frases sumamente ofensivas. Siempre era igual, cuando observaba alguna cercanía afectiva con personas del sexo masculino, que por cierto fueron muy pocos, fundamentalmente compañeros de estudios.

Desde entonces, él, Daniel Ortega fue haciéndome pensar que todo acercamiento afectivo con cualquier hombre y de cualquier edad, implicaba un interés sexual hacia mí. Para mí lo sexual era sinónimo de aquellas actitudes obscenas y vulgares de Daniel, y por lo tanto, poco a poco empecé a tener gran desconfianza hacia todos los hombres. Si el compañero de mi madre, agredía mi cuerpo contra mi voluntad, qué podía esperar de otros. Él me obligaba a callar y a aceptar los vejámenes que recibía de su parte.

El progreso de la acción de mi agresor, fue dándose; ya no solamente se trataba de su observación a mi cuerpo cuando me bañaba, sino que entraba al baño de cualquier manera, se masturbaba provocándome miedo y desprecio. Fue horrible ver, a la edad de entonces, la imagen de un hombre de pie sostenido de una pared y sacudiendo su sexo como perdido e inconsciente de sí mismo. Yo tenía miedo y permanecía en el baño hasta ver desaparecer su sombra por la rendija de la puerta que él mismo mantenía abierta. Me daba miedo ir a cerrar la puerta, pues podría aprovechar para apresarme. Preferí mantener distancia física de aquel cuadro que me producía asco y rechazo.

Durante este tiempo también, se introducía en el cuarto que compartí con Rafael, procedía a separarme parte de la cobija de mi cuerpo, continuaba con manoseos y luego concluía masturbándose. Yo me quedaba inmóvil y aterrorizada sin poder pronunciar palabras. Me decía que no hiciera bulla para no despertar a Rafael, a quien tomaba como pretexto ante mi madre las veces que se trasladaba a nuestro cuarto para cuidarlo, supuestamente, de sus crisis asmáticas. Durante esos “cuidos” mi agresor hacía lo que ya ha sido relatado, y decía: “ya verás que con el tiempo, esto te va a gustar”.

Mi madre, al intensificar sus acciones políticas, solicitó a mi tía Violeta se fuese a vivir con nosotros a Costa Rica, donde compartimos cuarto. Ella regresaba muy tarde de la Universidad, y durante ese segmento de tiempo, cuando mi madre dormía, él se cruzaba a mi cuarto.

Fue mi tía Violeta la que me recordó, que una vez vio a Daniel Ortega manosearme y tocar mis partes genitales. Hasta hace poco recordé que también ponía en mi boca su pene.

En ese tiempo, mi agresor tenía 34 años de edad y yo once, lo que representaba una considerable diferencia y ventaja de su parte; él era el compañero de mi madre, una figura política de mucha importancia, mando y poder. Una persona muy dominante. Yo resentí de mi madre su lealtad a mi agresor, yo sentía que siempre lo prefirió a él que a mí, sus atenciones y gestos de cariño siempre eran para mi agresor. Él me inspiraba mucho miedo y no fui capaz de decirle a ella lo que estaba viviendo y sufriendo, pues no sabía si me creería.

Mi tía Violeta me comentó años después, que en una ocasión discutió la situación con mi madre, donde recibió como respuesta amenazas y presiones a fin de que guardara silencio.

Cuando se declaró la insurrección final de 1979, mi madre prefirió venirse con él a Nicaragua. Ella no me hubiese creído nunca lo que Daniel Ortega estaba haciendo conmigo. Su preferencia era mi agresor, de eso no tenía duda alguna. Mi mamá me hacía mucha falta y nunca hubiese querido que se fuera, pero daba igual, pues aún estando ella en casa Daniel Ortega siempre me agredía.

Yo no entendía porqué él me tocaba, no entendía nada de la sexualidad en general, mucho menos de la masculina. Para mí toda aquella situación era confusa, no entraba en mi cabeza el porqué el compañero de mi madre hacía todo eso conmigo. Sin embargo, siempre tuve conciencia de su posición de autoridad, de su imagen de superioridad que tenía en aquella casa, en su cuarto estaban sus fotos, era dirigente, y escuchaba decir que era miembro de la Dirección Nacional, y que podía llegar a ser Presidente de la Junta de Gobierno. Siempre tuve la imagen de que era muy importante.

Para mí, el triunfo de la revolución significó reunirme con mis abuelos y tías. Fue alegre estar nuevamente en Nicaragua, en una casa con condiciones materiales muy diferentes a las que tuve anteriormente, fue como tener un mundo de juguetes. La nueva casa parecía prometer un ambiente de familia. Yo nunca viví antes en un núcleo completo, es decir, hombre, mujer, hijos. Tenía la esperanza de estar cerca de mi madre y de que quizás la situación cambiaría en relación a él. Creí que por fin habría cariño y una nueva vida, sin secretos ni misterios, sin encierros ni silencios.

Nos trasladamos a la casa donde actualmente vive la Familia Ortega Murillo, por primera vez en mi vida se me asignaba un cuarto propio, lo que para cualquier niña pudo haber sido motivo de buena noticia, pero mis temores estaban latentes. A las pocas semanas, nuevamente el fantasma volvió a rondar mi cuarto con rostro duro y sus gruesos anteojos; continuó sus masturbación, poniendo sobre mi cuerpo una de sus manos frías y temblorosas. A la edad de 12 años que tenía entonces, persistían las sensaciones de escalofríos, nauseas y temblores en mi quijada.

Como mecanismo de defensa ante mi agresor, inventé historias de miedo para no dormir sola, efectivamente sufría de mucho miedo, las noches para mí se transformaron en algo que no deseaba, cada vez que se acercaba la oscuridad me afligía y desesperaba. Necesitaba estar acompañada, ya no soportaba estar sola, pero mi mamá insistía que debía acostumbrarme a dormir sola y cada vez que yo retomaba el tema me regañaba. La verdad es que ni aún compartiendo cuarto con mi hermano Rafael logré evitar su acoso, éste se mantuvo todo el tiempo con sus manoseos; de mi parte, me hacía la dormida inútilmente, quedándome quieta boca abajo, buscando protegerme, por eso, aprendí a dormir en esa posición. Dormía con las manos debajo de mi cuerpo, tapando mi vagina; pensaba que así sus manoseos no me harían daño. Creí que el mostrarme ante él inconsciente, no le permitiría obligarme a nada más. El miedo me llevó a encontrar esta manera de protegerme sin asumir riesgos de confrontarle, a lo que le tuve mucho pánico.

A medida que fue avanzando, pervertidamente me indicaba que me moviera, que así sentiría rico. “Te gusta, verdad”, me decía, mientras yo permanecía en absoluto silencio sin tener fuerzas para gritar ni llamar a mi mamá. El miedo no me dejaba, sentía en la garganta resequedad, atorada y con temblores. Su contacto me transmitían intensos fríos y malestares, me provocaba asco y me creía sucia, muy sucia, pues sentía que un hombre al que rechazaba me ensuciaba toda. También, llegué a sentir que yo me dejaba hacer eso del compañero de mi madre, pero si le decía, ella nunca me creería. En esos años fue que comencé a bañarme muchas veces durante el día, para lavarme la suciedad, repelía sus manoseos y su tacto frío.

Más adelante, las noches no fueron suficientes, también las tardes comenzaron a ser utilizadas para sus propósitos. Él calculaba las horas de mis tiempos libres y cuando me encontraba sola en la casa para atacarme. Después de los almuerzos, en el momento de regreso de mi madre a su oficina y el impase de la llegada del colegio de mi hermano Rafael -quien siempre llegaba muy tarde-, penetraba sin reparos al área donde hacía mis siestas en el sofá frente al televisor, hasta donde se acercaba para manosear mis pechos, impidiendo cualquier intento de escapatoria de mi parte.

A mis trece años (1980), incrementó sus llegadas a la casa en horas que bien sabía me encontraba sola, mi mamá estaba en su trabajo y mi hermano Rafael en el colegio (hubo un tiempo que estudió en Cuba). Cuando llegaba, con el pretexto de descansar, cerraba la casa, la que por su diseño arquitectónico me aislaba completamente, sin poder acudir a las niñeras que cuidaban de mis hermanos menores en la parte de adentro. Daniel Ortega había adecuado su horario para coincidir conmigo en las horas en que la casa estaba sola.

Para este período, sus actos siempre los consumó cuando yo dormía, al despertarme no tenía escapatoria. Lo sentía manoseándome y atrapándome la cabeza con sus piernas y brazos en el extremo del sofá. Dormir se me volvió un martirio. Siempre me despertaba lo helado de sus manos, en un estado de estimulación irracional que él fácilmente alcanzaba, sin atender ninguno de mis reclamos.

En una ocasión que recuerdo muy bien, mientras dormía en el sofá y al despertar, él se encontraba mirando un video pornográfico sin importarle mi edad y mi condición de hija de su compañera de vida; en reiteradas oportunidades me mostró revistas Play Boy que yo rechazaba pero que me obligaba a ver; también, me mostró un vibrador que intentó usar, pero no le funcionó. Él siempre intentó despertar en mí algún tipo de sensación y placer, trató de pervertirme y me hizo objeto de su depravación y manipulaciones de mi cuerpo de niña en tránsito a la adolescencia. Intentó explotar mi sexualidad incipiente a fin de complacer sus instintos y vicios sexuales; de mi parte, siempre encontró resistencia, rechazo, repulsión, asco y escalofríos.

Yo sentía miedo de ese hombre, él era el compañero de mi mamá, mi supuesto papá, sus acercamiento hacia mí siempre llevaron una intencionalidad sexual, yo le tenía mucho miedo y no encontraba en nadie a quien confiarle lo que me estaba sucediendo. Mi madre no me creería nunca, así lo sentí siempre, a pesar de algunos intentos que hice luego me arrepentía, me faltó valor, confianza y cariño de su parte.

Como parte de mis huidas en el interior de aquella casa, me arrimaba a dormir en el cuarto de las trabajadores domésticas, hasta donde llegó en muchas ocasiones a buscarme para hacerme regresar con su autoridad a mi cuarto. Recuerdo, que mi madre me regañaba por ser “miedosa”, cuando me quedaba a dormir en la alfombra del cuarto de mi hermano.

Mis primeros problemas de salud empezaron con nauseas, vómitos que de momento no tenían explicaciones, pero que con el tiempo se fueron complicando. Ante estas nuevas manifestaciones, a mi hermano y a mí nos brindó atenciones personales y protección; siempre se mostró pendiente de nosotros, de nuestra salud y de nuestras clases, pero su insistencia y acoso continuó, nunca se detuvo, por el contrario, avanzó a establecer controles sobre mis actividades personales, haciendo constantes llamadas telefónicas para saber si ya había regresado del colegio, o si me encontraba en casa, a como según él debía ser. Desde entonces, empecé a sentirme muy vigilada y controlada por él. Ya no eran solamente sus pesquisas durante mis baños, sus manoseos a mi cuerpo ni sus sistemáticas insinuaciones sexuales. Ahora se trataba del control sobre mí.

Alicia Romero, llegó a mi vida en 1980, para cuando fue contratada por mi madre. Inmediatamente, la concebí como una opción de defensa, de verdadera protección a mi persona. Yo me sentía muy sola, confundida por no saber que hacer e indefensa ante él. Fue a ella que, poco a poco, le enteré de las cosas que me estaban sucediendo desde entonces, al menos encontré a alguien con quien hablar, en mucho sustituyó a mi madre, al menos para darme la compañía y el cariño que necesitaba. Muchas veces corrí a su cuarto en busca de protección, de abrazo. Dormir sola para mí era algo tormentoso, sentía que me seguían sombras por todo el cuarto; sin embargo, mi madre nunca permitió que durmiera acompañada. Recuerdo, que a la media noche me dirigía al cuarto de mi hermano o al de Alicia para no estar sola y regresaba nuevamente al mío, en horas de la madrugada para que mi mamá no se enterara. Daniel Ortega sabía de mis huidas, él me perseguía y daba conmigo, según donde estuviera me hacía regresar a mi cuarto o me dejaba tranquila. En el cuarto de Alicia siempre busqué refugio, un lugarcito donde sentirme segura. Él nunca sospechó que estos ratos con ella me permitieron desahogarme y que ella acompañaba mi sufrimiento. Él no previó que yo le contara a ella, de lo contrario nunca hubiese permitido el acercamiento.

Cuando intenté enllavar mi cuarto resultó inútil, pues abría la puerta con punzones, desarmadores y cuchillos; no sé cómo lo lograba, pero siempre penetraba en mi cuarto, no tenía forma de impedírselo, me sentía indefensa. Llegué, también inútilmente, a ubicar obstáculos (sillas, el tocador, etc.) detrás de la puerta pero no lograba nada, ahí estaba adentro como un fantasma omnipresente tras de mí todo el tiempo. Me preguntaba insistentemente qué era aquello, porqué a mí me sucedían esas cosas, refugiándome en mis sábanas, acostada temblaba en mi cama, y él agrediendo mi cuerpo con sus movimientos. Yo sentía la necesidad de escapar, de irme lejos, de no ver nada de lo que aquel hombre hacía, de pronto me sentía lejos, como en un agujero vacío y oscuro, donde me observaba sola, llorando y temblando.

Semanas antes de la Cruzada Nacional de Alfabetización, intensificó sus abusos durante horas del día. Recuerdo, que él hizo un hoyo en la puerta del baño para observarme, yo me enllavaba más por miedo que por intimidad. El hoyo que hizo lo ocultó con un afiche, al descubrirlo intenté taparlo con tape y otras cosas pero fue difícil. Fue entonces que opté bañarme con camiseta y con ropa interior puestas. Sentía mucha vergüenza y miedo de que al verme desnuda me agrediera directamente.

La vigilancia y el control se perfeccionaron con distorsionadas actitudes de padre y manipulaciones de todo tipo. Las llamadas telefónicas preguntando sobre mi paradero se volvieron sistemáticas; durante los paseos y comidas familiares me inhibía con sus miradas sobre mí. Parte de su sistema contra mí fueron sus atenciones y la satisfacción de mis necesidades, lo que le permitió un tipo de acercamiento paterno, pero sin cesar su abuso deshonesto. En sus ambivalencias de padre abusador, siempre estuvo ahí, para acosarme, manosearme, vigilarme y espiar a mis amistades. Llegué a entender que no tenía derecho a tener amigos ni amigas, muy escasas personas me visitaron durante el período que permanecí en aquella casa.

Anteriormente, dije algo sobre manifestaciones de daño en mi salud. Progresivamente se fueron presentando crisis de salivación excesiva y de ahogo, el aliento se me escapaba, la respiración se me hacía difícil. A pesar que personas cercanas me preguntaban sobre mis reacciones y estado, no revelaba lo que me estaba pasando, en parte por que no sabía que estas cosas eran consecuencia de lo que estaba viviendo, y en parte también, porque la confianza la tenía resquebrajada a esa corta edad. La verdad sólo yo la conocía, aunque no estuviera muy bien enterada de las afectaciones que en mi salud estaban ocasionando.

Recuerdo que en una ocasión busqué a mi madre para que me diese algo, logrando tan sólo un comentario de que el asunto era nervioso y que sabía bien las causas. Seguidamente, la escuché discutir violentamente con Daniel Ortega, a quien le confirmó “yo ya sé lo que está pasando… ¡sos un enfermo!”. Sin embargo, de nada valió esa discusión, pues al día siguiente las cosas volvieron a suceder como si nada. No sé si llegarían a algo, pero evidentemente, si él se comprometió a no insistir y molestarme no cumplió su palabra, y si negó todo lo que le dijera mi madre, pues en su mentira continuó abusando de mí y burlándose de ella.

Después de sus reuniones y fiestas de adultos, cuando todos ya estaban ebrios y mi madre sin condiciones de escuchar gritos ni llantos, él procedía con sus prácticas ya señaladas.

Me empecé a sentir rechazada por mi madre, cuando por mi estado físico o conducta me ofendía, recriminando mi “cara de víctima”, la que según ella, molestaba y amargaba a todo el mundo; decía que mi tristeza y aislamiento contagiaba a toda la familia. Ella criticó mis encierros en la biblioteca, acusándome de pretender hacer creer de lo esforzada que era; criticó mi timidez calificándome de amargada. Ella siempre juzgó de manera negativa mi forma de vestir, mi peso, mis gestos, estaba criticándome todo el tiempo. Sus pretextos para regañarme iban en aumento y me ponía en vergüenza ante los demás. Fueron por estas actitudes que me alejé de ella. La sentí tan lejana, a pesar de ser mi madre, la sentí como ser extraño.

Cuando Daniel Ortega notaba mi tristeza por el maltrato recibido de mi madre, se acercaba diciéndome que ella era histérica y rencorosa; a su vez, me recomendaba no hacerle caso, que en cualquier cosa contara con él. Fue así que cuando necesité algo, en vez de pedírselo a ella, de quien seguramente recibiría ofensas y mal trato, mejor se lo solicitaba a él. Esta nueva situación me generó mucho sentimiento de culpa, pues sentía que aceptaba cosas de manos de mi agresor, pero en realidad las necesitaba. También, llegué a sentir mucha confusión, pues la persona a quien temía y me dañaba, se portaba supuestamente atenta conmigo, tratando de satisfacer mis necesidades.

Los meses de la Cruzada Nacional de Alfabetización fueron de reposo, pero pasaron muy pronto y tuve que regresar. Durante estos meses, recuerdo que Daniel llegó a visitarme sin mi mamá, yo me escondí inútilmente, pues mis compañeras de escuadra me obligaron, inocentes de todo, a recibirlo.

El mismo día de mi regreso de la Cruzada Nacional de Alfabetización, me recibió con frases como esta: “… ya tenes chichas. Volviste muy bien, ya echaste nalgas…”. Para esa fecha ya tenía amigas, pero él se encargó de intervenir todas y cada una de mis relaciones de amistad. Mostró exacerbado interés de conocerlas, preguntó sobre sus hábitos, niveles de confiabilidad y procuró hacia ellas tratos amables. Me interrogaba sobre la posibilidad de lesbianismo de mis amigas y me acusaba de una posible atracción hacia eso. A algunas de ellas les confié la persecución de la que era objeto de parte de Daniel Ortega, quienes me dieron razones ingenuas de que tal vez se tratase de un padre muy celoso. Una de ellas, que quizás logró intuir lo que en verdad deseé decir, expresó que en las telenovelas sucedían cosas similares.

Intenté tener novio en el colegio. Llegué a tener uno, de quién temí le llegase a suceder algo malo y al final rompí con la relación. Yo nunca logré sentirme bien con las escasas relaciones de amistad con muchachos, mucho menos con aquellos que me atraían de manera especial, pues me sentía sucia, marcada y culpable por lo que sucedía en la casa. Yo, algo debía hacer y no podía. Me sentía culpable de no poder. Pensé que los hombres me rechazarían, asumía mi fealdad tal y como mi madre me la inculcaba y restregaba constantemente; no creí merecer amor por todo lo que en mí estaba ocurriendo. Me daba vergüenza y miedo pensar que otras personas supiesen todo. El mundo para mí fue mi encierro, mi tristeza y mi soledad. El dolor sólo yo lo estaba sintiendo, pero qué costoso estaba resultando aguantarlo, llevarlo de la manera que lo estaba haciendo, con mis palabras en el vacío y la oscuridad.

Nunca tuve con Daniel Ortega una relación de confianza, ésta fue muy superficial, aunque para mí era el padre, el jefe de hogar y lo traté siempre de USTED. Los temas de conversación generalmente eran en público y propios de la formalidad padre-hija; aquellos temas eran relativos al colegio. Las conversaciones en común se fueron disminuyendo considerablemente, yo evadí su presencia la mayor cantidad de veces. Me era difícil disimular mis emociones de vergüenza, tristeza y rechazo. Mi madre, más de una vez, me llamó la atención por no demostrarle afecto en público.

En la medida en que se intensificó el abuso me fue cada vez más difícil. Sus juegos y manoseos sexuales se fueron incrementando, se volvieron cada vez más lesivos. De mi parte, estaba sumida al miedo, a mi horror a la noche y a la oscuridad, a mi temblores y visiones de sombras rondando mi cuarto. El asco fue creciendo y mi sentimiento de impotencia también, todo fue silencio excepto Alicia, la única persona que me escuchó en todo ese período.

Empecé desde entonces a ser un ser silencioso y ensimismado.

III. De los 15 a los 18 años: Violación continuada

Desde Costa Rica vino fraguando la violación y la apropiación de mí, nadie podía detenerlo, siempre se encargó de aparentar lo contrario de lo que en realidad fue conmigo; no lo detuvo nada, los esfuerzos de mi tía Violeta fueron vanos y aquel débil reclamo de mi madre. A pesar de las sospechas de personas que le rodeaban, no se atrevieron a tocarle el tema ni a sugerirle nada. Él fue y sigue siendo un hombre de mucho poder en este país.

Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982. No recuerdo con exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó sino que con agresividad y bruscos movimientos me dañó, sentí mucho dolor y un frío intenso. Lloré y sentí nauseas. Todo aquel acto fue forzado, yo no lo deseé nunca, no fue de mi agrado ni consentimiento, eso lo juro por mi abuelita a quien tengo presente. Mi voluntad ya había sido vencida por él. El eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos, y así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas y pechos fueron las zonas donde más acostumbró echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Él ensució mi cuerpo, lo utilizó a como quiso sin importarle lo que yo sintiera o pensara. Lo más importante fue su placer, de mi dolor hizo caso omiso.

Desde entonces, para mí la vida tuvo un significado doloroso. Las noches fueron mucho más temerarias, sus pasos los escuchabas en el pasillo con su uniforme militar, recuerdo clarito el verde olivo y los laureles bordados en su uniforme aún cuando él no se encontrara en el país. Su imagen invadía toda aquella casa y me acechaba constantemente, el terror fue una situación permanente en el ambiente que habité, sintiéndome cada vez más impotente. Llegué a sentir que era mi dueño y temí mucho la reacción de mi madre si le llegaba a contar lo sucedido, estaba convencida de que no me creería, por eso preferí callar. Para mi madre Daniel Ortega llegó a significar todo.

Sí, me llegué a sentir posesionada por él, por lo cual sería rechazada y culpada por todo el mundo. A mí nunca me creerían -a cuenta de qué, si era chavala y él les representaba muchos ideales-. Evidentemente, todas esas personas han estado equivocadas, no conocen lo que en verdad es.

En este período continué sintiendo que mi madre no me quería y me debatí en un mundo de mucha negatividad, inseguridad e incertidumbre, no llegué a pensar en mí en tanto mis deseos y aspiraciones, sino en tanto el animalito que estaba cautivo en aquella casa, de quien hacía uso y abuso el hombre que suponía ser mi padre. Razones para callar las tuve desde mi propia realidad y temores, ¿a quién acudir?. Me confundí tanto que lo llegué a considerar indispensable para mis necesidades y protección en aquel ámbito solitario, lo poco que pude haber recibido de aquella casa fue lo que él me ofreció a costa de mi silencio y sumisión. Su total apoyo fue garantizado mientras mi mansedumbre durara y me mostrara en todo momento dispuesta a ser objeto de sus placeres sexuales.

En el último trimestre de 1982 me movilicé en una brigada de corte de café. No duré todo el período porque tuve una severa crisis nerviosa con fuertes dolores de cabeza, asfixia, vómitos y parálisis en las caderas y piernas que obligaron mi regreso temprano. El médico que me asistió diagnosticó causas sicosomáticas, yo no supe en ese entonces qué significaba aquello, adquirí conciencia de la dimensión del daño varios años después.

A pesar de haber cumplido el tratamiento indicado, las crisis continuaron. Mis encierros en el baño fueron más frecuentes, no deseé escuchar los regaños de mi madre porque no lograba sobreponerme, afirmaba que era cosa mía. Semanas después, Daniel Ortega empezó a suministrarme pastillas tranquilizantes (valium) a escondidas de mi mamá, argumentando que con ellas no necesitaría nuevos contactos médicos. Con esas dosis de pastillas transcurrí un buen tiempo, él, personalmente, me las aseguraba.

Al año siguiente (1983), me cambié de colegio por vergüenza de mi enfermedad y de mi regreso temprano de la jornada de corte. No deseaba que nadie se enterara de lo que me sucedió. Fue entonces que ingresé al Instituto Experimental México, donde incrementé mi participación política y se afianza mi conciencia y compromiso revolucionario.

Cuando empecé mis actividades en la Juventud Sandinista 19 de Julio, recuerdo perfectamente que Daniel Ortega se ofrecía para ayudarme a realizar algunas tareas que me encomendaban, orientaba a sus secretarias confeccionar tickets de kermes, pasar informes en limpios, entre otras asuntos. Él siempre se mostró dispuesto a ayudarme en mis actividades, buscó distintas formas para acercarse a mí, para lograr concretar sus intenciones, tal y como sucedió cuando me hizo pasar a su oficina personal, donde también abusó de mí.

Es a partir de mi incorporación política que Daniel Ortega vincula sus actos en mi contra, en el contexto político del país y de la Revolución Sandinista. Me decía insistentemente que yo contribuía a su estabilidad emocional ante la supuesta frialdad de mi mamá. Así me lo hizo creer y Ante mí, constantemente la descalificaba en su rol de compañera de vida, promoviendo en mí una imagen distorsionada. Su Chantaje llegó a tal punto que me provocó lástima y un sentido de obligación moral.

Él construyó justificaciones a su conducta, bajo el argumento de que yo, mediante la consumación del acto sexual, le proporcionaba estabilidad emocional, aunque mi respuesta fuese de total pasividad, y por ende, no existiera ningún tipo de intercambio, comunicación ni afecto.

Él pensaba que alguien tan ocupado sólo necesitaba sexo y que yo era la indicada a dárselo. Él me manipuló y me concibió como objeto sexual de un líder que se lo merecía todo. Así fue que sucedió durante seis años, haciéndome creer que con mi sacrificio aportaba y protegía a la Revolución, por eso para mí no fue tan importante el valor y la estima propia, todo lo que él hacía en mí era por la Revolución. Llegué a sentir en mis hombros el insoportable y torturante peso de ésta.

Daniel Ortega decía que yo estaba emocialmente muy mal, que no podía trabajar y me chantajeaba afirmando que cualquier decisión mía afectaba su persona y a la Revolución, que solamente yo le daba tranquilidad de espíritu y así podía cumplir mejor con los altos deberes para los cuales lo citó la historia. En diferentes momentos, me afirmó que la felicidad no existe, que la vida es un valle de amarguras y que debía aprender a vivir con lo que él me daba, porque nunca tendría algo más que eso. Buscar la felicidad para uno, en su concepto, es un acto egoísta y ponerse por encima de la Revolución.

Cuando empecé a realizar actividades estudiantiles y políticas fuera de la casa, ya contaba con mis quince años cumplidos. Las medidas de seguridad -mejor dicho, de control- se incrementaron considerablemente. Fue notorio que éstas se exacerbaron más en mí que en cualquier otro miembro de mi familia e hijos de otros dirigentes. Él me asignó un chofer y escoltas que en ocasiones me ayudaron a burlar los horarios y sus medidas; éste fue un intento de evitar mi vinculación con muchachos o amigos.

Daniel Ortega, personalmente, interrogaba a los conductores sobre las actividades que yo realizaba, creo que en el fondo temía en la posibilidad de que intimara con alguien y les confiara mi situación, o que bien, a través de mis relaciones políticas y sociales adquiriera conciencia de la gravedad de los hechos a los que él me estaba sometiendo y el daño personal que me causaba. Llegué a creer que mi sacrificio realmente aportaba a la Revolución. Sin embargo, nunca estuve consciente de los altos costos que esto traía para mi desarrollo individual.

Ahora, consciente y en pleno conocimiento del daño y de las secuelas, entiendo que durante mi adolescencia generé mecanismos de evasión que limitaron el desarrollo de mi propia conciencia, busqué formas de escape, de olvido de la vida que tenía, pero era imposible, mi cabeza era un rodeo de imágenes y fantasmas. La dimensión del daño lo entendí varios años después, siempre fui una joven enfermiza, débil. Daniel Ortega siempre pretendió mi encierro, nunca deseó mi crecimiento personal y sicológico, mi despertar. Me mantuvo por muchos años en el oscurantismo sobre la vida y sobre mí misma, me desplazaba en un mundo muy limitado y restringido. Él es el culpable de la destrucción de mi adolescencia y juventud. Los daños en mi cuerpo y en mi mente han tenido consecuencias irreparables.

En esta etapa, Daniel Ortega esperaba mi regreso de clases todas las tardes en la casa. Recuerdo, que intenté varias veces quedarme en el Colegio con la excusa de participar en reuniones, pero orientaba al Puesto de Mando localizarme vía telefónica. Una vez en casa, la escena se repetía una y otra vez.

El acto sexual siempre siguió los mismos patrones de agresividad. En varias ocasiones logré que no me quitara la ropa para no sentirme desnuda. Me atemorizaba mucho la prolongación de las sesiones con la puerta bajo llave, tenía que persuadirlo de que me dejara en paz, pero él continuaba hasta satisfacerse completamente.

Durante aquellos actos cerraba los ojos, no quería verlo desnudo o semi-desnudo. Por esa razón, no conozco partes de su cuerpo, pues me resultaba asqueroso. Mis ojos cerrados fueron una especie de valla de protección mental, aunque mi cuerpo estuviese siendo violado continuamente. En la oscuridad interior logré soportar todos aquellos bruscos e hirientes movimientos. Para mí eran, sencillamente, inexplicables aquellos actos y actitudes hacia mí.

Sus prácticas sexuales, haciendo uso de mí, las realizó en sillas, haciendo posiciones extrañas y me obligaba a decirle frases obscenas a fin de excitarlo o realizar sus propias fantasías, las que nunca fueron mías pues lo que viví fue un infierno. En su vulgaridad y morbosidad, me hacía repetir insultos en mi contra u obligarme a responderle afirmativamente a las siguientes preguntas: “¿Verdad que sos puta?, ¿verdad que te gusta que te pegue?, ¿te gustaría hacerlo con dos penes?”, etc.

Daniel Ortega me infundió temores hacia mi madre. Me chantajeaba diciéndome que ella sabía todo lo que pasaba y que su rechazo hacia mí era para siempre. Mi madre, según él, jamás me perdonaría. Por otro lado, la indiferencia y el maltrato de ella deterioró mucho la comunicación entre las dos.

Las supuestas atenciones de mi agresor fueron en ascenso, incluso, en cosas que me hicieron creer que se trataba de algún tipo de afecto, aunque persistieron las lesiones a mi cuerpo y mi salud mental, eso me causaba tremendas confusiones. En él siempre hubo una actitud obsesiva a grados tales de hacerme poemas y cartas donde reiteraba sus mensajes de chantajes afectivos, insistía en decirme hablarme de su supuesto amor por mí, hizo múltiples llamadas telefónicas desde el exterior y me traía regalos especiales al regreso de sus viajes, y según él, dedicó tiempo para cultivarme, compensando así, seguramente, su daño. Mi confusión fue tremenda, no sabía qué significaba Daniel Ortega en mi vida, porque además de seguro agresor, de momentos se comportaba como protector, lo miraba como líder político, sentía asco por su vulgaridad, y no sé que más. Lo que es peor aún, llegué a sentir que era la única persona que atendía mis necesidades humanas, pero a la vez me concebía su propiedad personal y estuve sometida a sus designios.

También me dio interpretaciones míticas de lo que estaba viviendo. Me decía que la vida me había conducido hacia él, después de tantos años de lucha, como una especie de premio y que esas condiciones difíciles eran parte de mi destino. Él buscó formas de deformación de mi dolor y sufrimiento, trató de justificar sus actos violentos y lo adjudicó a algo predestinado. Me decía que en mis ojos se notaba mi predestinación hacia él, quien me daba al fin y al cabo amor, aunque éste fuese a como era.

Me fue imposible buscar ayuda en mis familiares maternos, pues la política los dividió. Mi abuelito fue confiscado por la Revolución y mis tías se separaron de mi madre por razones que desconozco. Esta situación me agregaba mayor inseguridad, pensé que podrían rechazarme por los problemas que tenían con mi mamá. Confiar en otras personas era algo imposible, quizás por mi propia vergüenza y miedo.

A lo único que me atreví a compartir con algunas profesoras fueron los problemas con mi madre, pero nunca dije los motivos reales. Y fue en este momento de extrema necesidad de amistad y compañía que conocí a Ana Clemencia, quien desde entonces ha sido para mí una gran amiga y soporte importante a lo largo de muchos años.

Mi madre continuó teniendo evidencias de los actos de Daniel Ortega y del deterioro de mi personalidad. En 1983 habló conmigo, diciéndome que le estaba arruinando su vida y la de mis hermanos, me propuso que me fuera a Cuba. Ella me estaba culpando de la situación y su solución era irme al exterior -a una especie de exilio- para que Daniel Ortega me dejara en paz y yo, a su vez, dejara en paz a ella y a la familia. Resultó que YO era el problema de la familia. Para mi madre, aquella relación era con mi consentimiento, lo que en verdad nunca ocurrió; yo fui objeto de violaciones, abusos y agresiones permanentemente en su propia casa por Daniel Ortega. Tuve mucho temor de irme a Cuba, pues sentí que lo haría bajo condiciones de abandono y expulsión de mi familia. También me sentí muy frágil, y tal como sucedió cuando fui a la primera jornada de corte de café, mi salud sucumbió y me quebranté ante imágenes, malestares emocionales y físicos, manifestaciones de tristeza, angustias y feos recuerdos. Mis traumas y debilidades eran cada vez mayores. Pensaba que si me iba a Cuba me enfermaría y que perdería a mi familia. Daniel Ortega me decía que mi madre se vengaría de por vida de mí, dado que siempre ha sido rencorosa y de esta forma se deshacía de mí. No tuve más remedio que el silencio, pero dentro de mí un mar de contradicciones y suposiciones me invadieron. No acepté irme, tuve terror de caer enferma y no poder decir lo que en verdad me ocurría, no poder decir las cosas que sucedían en mi cabeza.

El decaimiento y la depresión fueron mi constante, mis actividades sociales se circunscribieron a las actividades políticas, los círculos de amigos me los negué o fueron frustrados. No me atreví a establecer relaciones de amistad por temor al rechazo, por la suciedad que sentí. Mis dolores de cabeza se intensificaron, a lo que él justificaba como producto de mis actividades políticas y los estudios, me instaba a resistirlos por ser un asunto de conciencia, y me ponía ejemplos de otros líderes.

La discriminación de mi madre llegó hasta desvalorizar mi participación política, decía que mi objetivo era llamar la atención de Daniel Ortega y competir con ella. Su rechazo continuó hasta el punto de presionarme para que me trasladara a vivir a la casa vecina y así, según ella, librarnos todos del conflicto. Entendí en sus presiones rechazo y desprotección hacia mí, pues me estaba asumiendo como el problema en su relación con Daniel Ortega. Desde su óptica yo era la responsable de toda aquella situación.

Finalmente, sintiéndome rechazada y presionada me trasladé a la casa contigua a la que habitamos, convirtiéndome en la vecina de mi propia familia. Esta casa se comunica con la otra a través de un pasadizo, lo que fue perfecto para mi agresor, pues se le facilitaban sus cruzadas cuando lo deseaba sin vigilancia externa. En esta casa dormían las trabajadoras domésticas, yo viví ese tiempo entre ellas, cruzándome también de cuartos en busca de protección. Mis necesidades alimenticias y de servicios fueron desatendidas por instrucciones de mi madre, fue un castigo. Prohibió que me pasaran comidas, dejó de abastecerme de ropa y suspendió toda comunicación conmigo, no me dirigía la palabra para nada. Cuando deseaba ver a mis hermanitos tenía que hacerlo a escondidas, en horas que ella no se encontrara a fin de no provocarle molestias, o bien, que no me sorprendiera en las entradas y salidas. Alicia muchas veces me los llevó a escondidas a la otra casa para estar un rato con ello.

Las trabajadoras domésticas trataron de ayudarme, sentían mucha lástima. Ellas se arriesgaron a darme de comer a escondidas, las instrucción de mi madre fueron terminantes. A veces mi madre me vestía con la misma ropa que les compraba a las trabajadoras. De esta situación fue conocedor Daniel Ortega, quien solicitó de forma sigilosa a las trabajadoras que me suministraran alimentos con mucha prudencia; luego, me facilitó dinero para que contratara a una empleada particular. Él, de alguna manera, se había constituido en la única persona que mostró preocupación por atender mis necesidades materiales.

Mi adolescencia y los primeros años de mi juventud, los concluí marcada por las secuelas de seis años de agresión y acoso. Mi familia no estaba siendo mi familia, me convertí en un ser solitario, cautivo y triste. Mi situación era lamentable, estaba seriamente afectada y mi crecimiento sicológico no fue normal. Las diversas crisis nerviosas que enfrenté me hicieron muy frágil, con profundas depresiones y vulnerabilidad. A mis quince años no tenía conciencia de mí misma, el concepto auto-estima lo desconocía, nadie nunca me habló de ello.

En estos años, mi historia se resumió en ser el objeto sexual que Daniel Ortega usó para satisfacerse, que con atenciones y manipulaciones me hizo ser muy dependiente de él, a pesar de mi dolor y rechazo. Yo nunca quise esa situación para mí, pero no sé cómo la viví y traté de sobrevivir, quizás sin proponérmelo.

En dos benditas ocasiones participé en jornadas completas de cortes de café en las haciendas de Matagalpa, gracias al apoyo que siempre me brindaron mis amigas más cercanas. Él, al menos cada dos semanas, buscó la forma de llegar a Matagalpa y a escondidas de mi madre me visitaba o me mandaba a traer con sus agentes de seguridad, quienes me llevaban a la casa de protocolo de Matagalpa. Recuerdo que en una ocasión me hizo venir a Managua, sólo porque él así lo deseó y usar mi cuerpo.

Durante ese tiempo mi agresor montó todo un cerco de seguridad en torno mío. Las veces que yo salí a los cortes de café, por lo menos me hizo acompañar de cinco escoltas, más el jefe. Su propósito fue mantenerme aislada de los demás jóvenes, por esa razón siempre dormía aparte, retirada de mi escuadra. Solamente dos o tres amigas podían estar cercanas a mí, a las que dedicó atención especial cultivando una especie de lealtad hacia él, pues creo que intuyó que sospechaban de mi situación. A como fue normal entre las brigadistas, yo no recibí ningún tipo de avituallamiento de mi madre, fue Alicia quien me preparó los paquetitos y me los enviaba con él o mis amigas hasta donde me encontraba; a mi madre yo no le importé.

Daniel Ortega, haciendo uso de su gran poder, intensificó su morbo y fantasía sexuales usándome. Recuerdo que en uno de mis regresos de los períodos de movilización, filmó el momento de una de tantas y continuadas copulaciones no deseadas, luego me obligó a que viéramos el video juntos, como una segunda tanda de placer para él. Después de este nuevo ingrediente a sus aberraciones, me forzó a hacer el acto sexual con él en presencia de terceros; también comenzó a utilizar objetos, a golpearme, a comprarme ropa interior que lo estimulara y me obligó a practicarle sexo oral con mucho maltrato. En muchas ocasiones se propuso hacer el sexo contra natura, lo que de alguna forma logré impedírselo, no sé cómo, pero se lo impedí. Me obligó a pronunciar palabras y frases soeces para excitarse. Una vez avanzado el tiempo de continuados abusos y violaciones, estiló hacer estas prácticas en la biblioteca, en los pasillos de la actual casa de la familia Ortega Murillo, la sala donde estaba el televisor (frente a la cocina), en las áreas de lavandería, en el gimnasio y en la casa donde mi mamá me mandó a vivir (adjunta a la principal). Todos estos actos fueron a escondidas.

A los dieciocho años me gradué de bachiller en el Instituto Experimental México, en diciembre de 1985.

IV. De los 19 a los 23 años: Intensificación del abuso e intentos de escapar

Cuando cumplí mis diecinueve años, las actividades que me distraían eran las que realizaba en la Juventud Sandinista, donde se encontraban mis amigos. Fuera de la casa no me sentí segura, pues mis males fueron en aumento, emocionalmente estuve muy quebrantada, las jaquecas desde meses atrás me atacaban constantemente, sufrí sonambulismo, bulimia y reiteradas y profundas depresiones. Creí volverme loca.

Los lugares públicos y el grupo para mí fueron negados desde cuando Daniel Ortega se propuso poseerme. Mis amigos me reclamaban mi falta de sociabilidad y pensaron que era cuestión de distinción y falta de humildad al no departir con ello. A la fecha, esta situación no está totalmente superada.

A la edad de diecinueve años, con prolongados abusos y agresiones sexuales, permanecí en cautiverio sufriendo constantes daños físicos, morales y síquicos; reitero que emocionalmente estaba quebrantada, sentía que mi madre no me amaba y no llegué a creer en la estima que otras personas tenían para conmigo. Paradójicamente, la casa fue como un obligado refugio, pues en definitivas entendí que allí se encontraba mi “protector”, que con seguridad me indicaba la dosis de píldoras que debía tomar para eliminar mis jaquecas y depresiones. Fue él, en verdad, que no me permitió ingerir más de una dosis por temor a que yo pudiese cometer una locura.

Al comenzar el año 1986 sufrí de una crisis de salud muy severa, que me impidió ingresar a la Universidad. Ésta consistió en intensos y frecuentes dolores de cabeza, mareos y malestares gastro-intestinales que me indujeron al uso abusivo de laxantes para limpiarme. También hacía uso de las píldoras tranquilizantes que mi agresor me suministraba pero que ya no surtía el mismo efecto, entonces procedí a hacer mezclas de varios tipo de píldoras para sentirme aliviada momentáneamente. A pesar de mi precario estado de salud él no cesó en sus agresiones sexuales.

El chequeo médico vino cuando las cefaleas fueron cada vez más fuertes y fulminantes, a grado tales que paralizó mi actividad intelectual casi por completo y me impidió llevar una vida normal. Los diferentes tipos de exámenes que me practicaron (electroencefalograma, oftalmológicos, etc.), tanto en Cuba como en Nicaragua, concluyeron que mis problemas eran de tipo sicosomáticos.

Preocupada por la continuidad de mis estudios, me preocupé por primera vez de mi estado físico y acudí con mayor decisión al médico, a quien le confié lo que me estaba sucediendo y lo que había sido de mi corta vida. Quizás fue éste el primer intento que hice para huir de todo aquello. Durante varios meses recibí atención médica para superar mis problemas gastro-intestinal e intentar desarrollar una terapia sicológica.

El Médico que me atendía, fue objeto de muchas presiones hasta ser obligado a entregar mi expediente clínico a asistentes personales de Daniel Ortega, además de montarle toda una trama en su contra para evitar contacto conmigo. De mi precario estado de salud, se dijo públicamente que era producto de un agotamiento físico, mental y emocional, derivado de la confluencia de actividades políticas y académicas.

La enfermedad agudizó mi aislamiento, la ausencia de madre, hermanos y amigos fue evidente. Mis propios dolores de cabeza eran causa de mi estado de aislamiento casi total, recuerdo que Ana Clemencia cuando en una ocasión me visitó tuvo que marcharse porque de pronto me volvió el mal que no me permitió sostener conversación.

Mi aislamiento por mi condición de salud fue tal, que hubieron días que sólo tuve contacto humano con mi agresor y con Alicia; el primero, en condiciones forzadas y en función de sus satisfacciones; y la segunda, se acercaba para darme compañía en los momentos libres que tenía en el cuido de mis hermanitos. Daniel Ortega llegó a llamarme por teléfono hasta cada dos horas, y a veces en menor tiempo para conocer de mi estado de salud, mostrando una supuesta preocupación, siendo él mismo el causante de mi estado.

Siempre estuve sola, cercada, sitiada. Daniel Ortega llegó a ubicarse como la única persona con quien tenía la posibilidad de sentirme protegida y segura en términos de mi estado de salud. El sabía qué hacer con mi salud, según llegué a pensar. Hubo momentos en que sentí tanto miedo a las crisis nerviosas que prefería estar cerca de él a pesar de sus vicios y brusquedades, lo importante para mí fue saber qué hacer a la hora de mis depresiones y angustias que me hacían sentir morir. Fue una constante tortura.

Realmente, en mí privó un sentimiento de dependencia. Él llegó a ser una especie de persona omnipresente y todopoderosa, era mi única opción posible, y a la vez, el ser del que más deseaba liberarme. Obviamente, Daniel Ortega fue creando ambientes y situaciones favorables a él para ubicarme en una relación de extrema dependencia y respeto político, el grado fue tal, que llegué a creer que solamente él era conocedor de mis estados emocionales y quien sabía perfectamente el tipo de medicamento o píldora a suministrarme.

En el más soberano irrespeto a mi estado, Daniel Ortega empeoró sus prácticas sexuales conmigo buscando lugares de mayores riesgos, me citaba en la oscuridad de la cocina, a media noche o en horas de la madrugada, me hizo caminar sin ropa por los rincones, moverme de diferentes maneras buscando su excitación. Llegó, en un momento determinado, a utilizar objetos contundentes y a proponerme introducirlos en mi vagina.

Me trató peor que a una mujer que vende su cuerpo. Siempre se refirió a mí ordenándome sobre cómo ubicarme para su mayor satisfacción, me insultaba con palabras vulgares y morbosas. Siempre ordenó y no tuve valor ni fuerza necesaria para resistirme.

Viví temiendo ser encontrada por alguien en la casa, viví pendiente de esto todo el tiempo; por un lado deseé escapar definitivamente, y por otro, me dio miedo que se conociera la verdad para no ser rechazada ni odiada. A él siempre lo observé tranquilo, sin preocuparle nada de estas cosas que yo pensaba y sentía.

Deseando huir de la situación insostenible en que me encontraba, decidí realizar estudios de inglés en Inglaterra, constituyéndose además en una segundo gesto de preocupación por mí, pues además de pensar en mi superación académica, pensé en la oportunidad que se me presentaba para escapar de aquel áspero mundo. Sin embargo, el intento fue fallido, pues Daniel Ortega se encargó de llamar telefónicamente todos los días, sin importarles horarios, fue igual una llamada a las 3 de la madrugada que a cualquier otra hora. No logré estar fuera de su alcance.

Las llamadas telefónicas fueron un recursos que utilizó con bastante frecuencia cuando no era posible el contacto físico, en ellas me pedía que le recordara escenas de las prácticas sexuales para excitarse y masturbarse. El teléfono llegó a significar para mí un objeto que llegué a temer, del que sentí rechazo. Estas llamadas las hizo a teléfonos públicos de la Escuela en Inglaterra, lo que me provocó tensiones, claustrofobia, angustias, desesperaciones y miedo a un país desconocido, a un ambiente distinto; entonces, a los quince días tuve que regresar a Nicaragua.

Durante toda mi estancia en Inglaterra, una joven de Seguridad personal me acompañó a solicitud de mi agresor. Yo confié en ella, creo que necesitaba confiar en alguien. En lo que pudo me ayudó mucho.

Una vez de regreso, se acentuó la sensación de no tener escapatorias ni varios miles de kilómetros de Nicaragua, estaba fuera del alcance de la persecución y el acoso. Pensé que tenía que resignarme al fin.

En este período, más que ningún otro, llegué a creer con mayores fuerzas que mi destino era soportar aquella vida, sus aberraciones. Me preguntaba sobre la certeza de la supuesta estabilidad emocional que le daba y del rol que, según él, yo tenía en la revolución: ser su objeto sexual disponible permanentemente. Ese era, pues, mi aporte a la revolución, según debía interpretar. De esa manera no sólo me interné en el silencio, sino que obligó a estar sumergida en su descomposición y corrupción desde el poder.

Mi madre, días después de mi regreso de Inglaterra, se sensibilizó – eso creí- de mis problemas de salud e intentó ayudarme, me brindó la posibilidad de colaborar con las actividades logísticas de su oficina, en la Asociación de Trabajadores de la Cultura (Abril 1986), lo que me permitió tenerla cercana y conocer sus grandes cualidades como artista y profesional. Disfruté mucho acompañarla en sus reuniones, compartir jornadas de ejercicios físicos; por primera vez en la vida mi madre me valoraba y por lo menos me hizo creer que se sentía orgullosa de mi trabajo.

La vigilancia se reforzó ante mi momentánea salida de su área de control e influencia -me encontraba trabajando en la ASTC-. Cada vez que a él se le hizo difícil localizarme, procedía a formular interrogatorios sobre posibles relaciones con otros hombres, inventando escenarios y tramas que eran parte de su excitación.

Desde los once años me sentí vigilada, desde entonces conocí el espionaje. Viví en un permanente estado de sitio.

Hacia los hombres desarrollé temor, no me gustó sostener con ellos ningún tipo de contacto físico, no aceptaba siquiera como saludo un beso en la mejilla, detesté el licor y no me gustaban los cumplidos a mis atributos físicos. Toda alusión a mi cuerpo la tomaba como ofensa, pues lo que recibí siempre fue morbosidad. Por esa razón, nunca me sentí a gusto en círculos o actividades social-recreativas. Evidentemente, Daniel Ortega había logrado mi inhibición y ensimismamiento, pues para mí, él era el prototipo de los hombres y no deseé que nadie me hiciese más daño. Pensé que los hombres sólo sabían de morbo. No conocía un hombre que me tuviese carino sin intenciones sexuales, él no me permitió establecer ni profundizar relación con algún hombre. Mi temor a él se trasladó a todos los hombres, y fue como no querer recibir más daño.

En una ocasión, mi propia madre impidió relaciones de amistad con posibilidades a noviazgo, cuando advirtió a un amigo con quien tuve mucha identificación y afinidad, diciéndole: “ahí no te metas, no te conviene… vas a hacerte daño”. Exactamente no sé si se refirió al cerco que tenía montado sobre mí Daniel Ortega, o, a mi actitud respecto a él.

Yo no he logrado entender el porqué mi madre aparentó una actitud de resignación ante la posesión que sobre mí tenía su compañero de vida.

Los intentos de vínculo afectivo con mi madre se vieron frustrados, pues para mí resultó difícil ser usada por Daniel Ortega sistemáticamente en la biblioteca de la casa y en su oficina, y luego compartir tiempo de trabajo o de intercambio materno-filial. Hay que recordar, que de ella solamente tenía las referencias de prepotente, agresiva e impositiva que él mismo me inculcó. Sinceramente, llegué a admirar su trabajo y a tenerle aprecio, por lo que hice esfuerzos por evitar situaciones desagradables, como ejemplo que se manifestara algo que dejara entrever la situación que sobre mí imponía su compañero. Hubo momento que fingí estados de ánimos, que oculté situaciones y nunca me permití pedirle ayuda por falta de confianza. Estaba segura que si volvía a mencionar el asunto, de alguna manera me culparía y me castigaría. Sí, tuve miedo a perderla de nuevo, aunque la recuperación no había sido total. Mi aislamiento y soledad continuó siendo la constante de mi vida.

Fue Daniel quien me obligó a suspender mis labores en la ASTC (inicios de 1987), diciendo que mi madre empezaría a tratarme mal y a vengarse con ofensas, que esa buena relación no duraría mucho. Nuevamente cedí ante las presiones de mi agresor, le informé a mi madre mi decisión de retirarme de su oficina, a la que reaccionó con resentimiento y rechazo, pues pensó y reiteró el viejo argumento de que yo mantenía una relación voluntaria con Daniel Ortega y me retiraba de la ASTC para reiniciarla. Creo, que de alguna manera pensó, que tenerme cerca de ella me protegía y me mantenía alejada de mi agresor. Ninguna de las dos se atrevió a abordar el asunto de manera clara y contundente, ya habían pasado cinco años desde la última alusión sobre el asunto. Ambas estábamos siendo silenciadas por el poder de Daniel Ortega y sus vicios.

La cercanía con mi madre duró apenas 7 meses. Esa fue la primera y única oportunidad que ambas tuvimos, al menos en el ámbito de una relación laboral. Como resultado inmediato de mi retiro retomó las posiciones de antes, dejó de comunicarse conmigo totalmente y volví a sentir su lacerante indiferencia.

En este período cumplí mi mayoría de edad, quizás por eso recibí un trato que fue más allá de cualquier consideración a mi condición de mujer, mi dignidad fue más severamente lesionada con sus exasperantes prácticas sexuales. Sus atrevimientos llegaron a grados tales, que no le importó citarme a la Casa de Gobierno, en el lugar de descanso de su despacho, e intentar ahí mismo sostener relaciones en presencia de terceros, obligándome a ingerir licor para vencer la vergüenza y la timidez.

A nivel social, todavía mantuve un marco de relaciones restringidas, pues debía compartimentación y secreto para beneficio de la revolución, según me decía. Él continuó alimentando mis miedos y dependencia.

Cuando estuve totalmente dependiente, yo misma, a veces, requería llamarle ante la inminencia de una nueva crisis de salud, o bien, pedirle autorización para participar en algún asunto especial de la Juventud Sandinista. Mi agresor llamaba constantemente a la casa para controlar mis entradas y salidas o saber de mi paradero cuando no me encontraba en casa. Llegué a tener dos tipos de conducta e interacción con él: la primera, durante sus prácticas sexuales donde yo no hablaba, solamente recibía órdenes; y la segunda, cuando me llamaba por teléfono asumiendo su papel de protector, de líder, de padre. Siempre lo miré como si representaba a dos personas en una, eso alimentó mis confusiones.

Para desahogarme hacía ejercicios constantemente. No he visitado a la fecha una discoteca. Yo continuaba siendo un objeto sexual de él.

En este período, logré expresarle por primera vez mis sufrimientos, le reclamé por sus ultrajes en sus prácticas sexuales, a lo que reaccionó calificándome de lesbiana por no gustarme lo que me hacía y enseñaba, para luego abundar en explicaciones persuasivas, tales como: mi destino era ese, mi vida no era perfecta, que debía agradecer a la vida ciertos privilegios y que la fatalidad la llevaba escrita en mis ojos.

Fue en 1986 que intenté huir de la casa y de sus imposiciones brutales e injustas, pero ésta no duró mucho porque me obligó a regresar nuevamente. En esta ocasión estuve dos días donde una amiga y luego donde mi tía Violeta, también le solicité apoyo a mi mamá, atendiendo sus sugerencias de irme lejos, pero no lo hizo, más bien dijo que procediera por mi propia cuenta.

Daniel Ortega emprendió una secreta pero intensa búsqueda de mi persona, encabezada por mi hermano Rafael con el apoyo de escoltas. Éste me ubicó en casa de una amiga y a pesar de mi negativa, finalmente comprendí que mi amiga corría riesgos por el hecho de refugiar a la hija del Presidente de la República de Nicaragua.

Busqué hablar con un amigo cercano a mi agresor, para persuadirle que me dejara vivir en otro lugar y hacer mi vida. Esta persona sólo pudo ofrecerme un local donde habitar. Una vez trasladada a ese lugar, la persecución continuó.

De sus labios salieron argumentos como estos: “te quiero a ti no a tu mamá, pero el costo político de que esto se sepa sería enorme”, tratando de convencerme de que lo suyo era amor y que por ello debía sentirme orgullosa. Siempre me trabajó la mente para asumir una complicidad natural, sin que me cuestionara su traición a mi madre ni su inmoralidad.

Nuevamente regresé a la casa vecina de la familia Ortega Murillo. Mi madre envió al mismo cuarto que ocupé a un menor, hijo de una las trabajadoras domésticas, lo que no impidió su presencia a fin de tocar mi cuerpo y ordenarme seguirlo. Cuando no era posible, me llamaba por teléfono orientándome ir a la biblioteca, a la sala cuando estaba vacía, al área cercana a la lavandería, obligándome a tener relaciones en escritorios, en el piso, en muebles o dónde se le ocurría. A veces me indicaba que me apareciera sin ropa interior.

Daniel Ortega conoció de mi participación en actividades políticas fuera de Managua, mandó a sus escoltas por mí y me llevaron a la casa de protocolo de la Comandancia General del Ejército, y bajo el pretexto de que se sentía sumamente deprimido procedió una vez más a usar mi cuerpo.

En varias ocasiones, mi madre supo de los encierros en la biblioteca, dirigiéndose al lugar y emprendiéndola a golpes y patadas contra la puerta, desde afuera gritaba que sabía quiénes nos encontrábamos allí. Él me lanzaba por la ventana que comunica con la casa vecina que estaba habitando, y por ese lado lograba escapar. Recuerdo claramente los minutos prolongados de taquicardia y el pánico ante la posibilidad de ser golpeada por mi madre. De aquella situación me sentía culpable porque imaginaba lo humillante que también para mi madre representaba aquella situación, aunque me considerara parte del problema. Ambas estábamos siendo víctimas.

Escapar por una ventana me hizo sentir delincuente y sucia. Fue denigrante huir a veces con la ropa interior en mis manos. Estuve sometida a realizar relaciones sexuales forzosas y a estar bajo presión constante por estar haciendo algo escondido y la posibilidad de ser descubiertos por mi mamá.

Así fue también durante las campañas electorales (1984 y 1990), me indicaba que estuviera despierta a su regreso en horas de la madrugada para lo mismo. Yo debía estar siempre lista y dispuesta a trasladarme a la biblioteca o que en algún rincón del cuarto o el baño, en una silla, para no ser advertido por el niño que dormía conmigo, proceder a abusar sexualmente de mi y ponerme de la manera que él deseara. Muchas veces sentí que de no hacerlo estaba faltando a mi obligación. Sí, era una especie de venadito amarrado a expensas del amo o su dueño. Los malestares continuaban y se profundizaban. Durante todo este tiempo mi agresor acostumbró el uso de preservativos.

En un intento de presionarme públicamente, mi madre confió a un familiar cercano que por mi culpa Daniel Ortega se estaba alejando de ella. Esta persona la emprendió contra mí, me culpabilizó y me pidió dejar de hacer daño. Definitivamente, ya me sentía rechazada por todo el mundo y hasta por mí misma.

V. 1986 – 1990: La escapatoria instintiva, agudización del abuso, desarrollo de fortalezas mínimas

En 1986, teniendo diecinueve años de edad, de los cuales ocho eran de abusos en mi contra, fui adoptada como hija de Daniel Ortega Saavedra con el consentimiento de mi madre. Días después, él me dijo que ese acto debía significar un vínculo parecido al del matrimonio. Esa adopción era un enlace, una forma de casamiento; es decir, que llevaba su apellido no por ser hija de él, sino por ser su objeto sexual.

A mis veinte años de edad continué cautiva y profundamente sola y aislada. A pesar de haber pasado ya tanto tiempo, nadie sospechaba (tal parece) de las anomalías en aquella casa, nadie preguntó sobre mis llegadas a la Casa de Gobierno a altas horas de la noche, las compañeras del servicio viendo el rechazo de mi madre no me preguntaban nada, tal parecía que nadie, absolutamente nadie, se extrañaba de mi encierro. Pero estoy segura que varias personas estuvieron al tanto del asunto.

En 1987 intenté de nuevo ingresar a la Universidad, en la facultad de sociología, carrera por la que me sentí inclinada y la que ahora es mi profesión. Al poco tiempo, también me vi obligada a retirarme por mis padecimientos de salud. Una vez más se detuvo mi proceso de formación académica por su causa.

Mi situación de salud fue cada vez más insostenible, mis crisis continuaron, el sonambulismo se agravó a extremos que se producía todas las noches. Las domésticas, los agentes de seguridad y el mismo Daniel Ortega me encontraron en varios ocasiones rondando en las afueras e interiores de la casa. Esto sucedía a intervalos de dos horas durante las noches y horas de siesta los fines de semanas.

Por muchos años me dio vergüenza reconocer que era sonámbula, pero la situación llegó a tal extremo que me decidí a confiárselo a mi madre, después de dos años y de sentirme muy agotada, esperé ayuda de su parte. Durante un viaje común de la familia a México, a pesar del temor de mi agresor, ella me envió a un sicólogo con la finalidad de diagnosticar las causas de mi sonambulismo, a lo que el médico concluyó que dado la normalidad de las actividades inconscientes que realizaba en mi estado sonámbulo, la situación era reflejo de la necesidad interior de liberarme de cosas que me estaban afectando, era el nacimiento de otra personalidad que surgía en las noches para tener otra vida y ser libre.

Para superar mis secuelas, y particularmente mi sonambulismo, fui tratada con hipnosis, tratamiento para epilépticos, etc. Durante las sesiones de hipnosis, hice esfuerzos por no concentrarme para evitar decir la verdad, pues estaba bajo amenaza permanente.

En relación a la bulimia, sentí una necesidad de llenar con comida mis vacíos personales (cariño, apoyo y protección), posteriormente me provocaba defecar o vomitar en grandes cantidades para limpiar mi cuerpo interior de la suciedad que a diario sentía. En esta etapa subí demasiado de peso y manifesté problemas musculares.

Mis crisis depresivas se tornaron mucho más severas. Ante la inminencia de éstas buscaba a mi agresor con el propósito de que me enviara las píldoras acostumbradas. El miedo a mis crisis y la necesidad de la píldoras, me convirtieron en un ser altamente dependiente de él. Recuerdo que cada vez que se me presentaban las crisis no permití que otras personas me observaran y me encerraba. Cuando se me presentaron problemas más serios, Daniel Ortega me instruyó sobre las salas cercanas al lugar donde la Dirección Nacional efectuaba sus sesiones (edificio conocido como La Secretaría), para que cuando necesitara de las píldoras lo localizara con facilidad, o bien, enviara un mensaje a través de una joven de seguridad personal.

Yo no tuve, realmente, oportunidad de una atención médica seria y sistemática, porque siempre se argumentó la no conveniencia “por problemas de confiabilidad política”.

Mi agresor, en un intento de buscar formas de estabilizarme emocionalmente, logró ubicarme laboralmente en el Equipo de Apoyo de la Secretaría General del Ministerio de Relaciones Exteriores (Junio 1987), en ese momento el Secretario General era Alejandro Bendaña. Para laborar en condiciones semiestables tuve que ingerir dosis altas de pastillas suministradas por el propio Daniel Ortega.

Estando en la Cancillería, me matriculé en un curso de Relaciones Internacionales impartido por el Instituto Superior de Relaciones Internacionales de la Cancillería Cubana, el que logré finalizar con plus esfuerzo; durante este período se despertó mi voluntad y fuerza interior para enfrentar con mayor determinación mi oprobiosa situación. Despertaron también, nuevos intereses profesionales, los que se convirtieron en motivaciones importantes en mi vida, pues aprendí a apreciar mis cualidades académicas dado las buenas notas adquiridas y elevé un tanto mi auto-estima.

Obviamente, mi desempeño laboral me ayudó mucho a identificar nuevas facetas de mí y a elevar mis niveles de conciencia de lo que Daniel Ortega destruyó de mi vida. En la cancillería aprendí mucho, desarrollé aptitudes y capacidades que ni yo misma pensé poseerlas. Fue ésta la segunda oportunidad laboral que tuve, pero la primera en que se desarrolló fuera del ámbito familiar, donde comencé a establecer vínculos con diversas personas, aunque siempre con la presencia sistemática y casi cotidiana de mi agresor por la relación con sus funciones de Presidente de la República y la actividad internacional de la Revolución.

Fue en este ministerio que comencé a adquirir una determinada conciencia crítica sobre los errores o anomalías de la Revolución, gracias a las posiciones que compañeros de trabajo (todos sandinistas) tenían al respecto de temas o decisiones tomadas. También, comencé a escuchar comentarios y cuestionamientos sobre actitudes y formas de vida de altos dirigentes de la Revolución, problemas referidos a la ética y a la moral.

Para mí, una joven sandinista con formación partidaria y víctima de abusos y agresiones, aquellas críticas fueron una especie de puerta para empujarme hacia perspectivas diferentes sobre todo lo que implicaba la Revolución. Comencé entonces a reconocer muchas cosas que antes no fui capaz de observar ni entender. Comprendí que todo lo que Daniel Ortega practicó en mí estaba vinculado a los cuestionamiento de carácter ético y de honestidad personal que enfatizaron los compañeros de trabajo. Por primera vez se me generaba un conflicto de conciencia.

Fue en 1987 que conocí los rostros de la Revolución: el rostro místico y mítico proyectado a la membresía a través de la educación política; y, el rostro de la realidad de las prácticas de poder desde las instituciones estatales, donde se manifestaron actitudes de corrupción y deshonestidades que nada tenían que ver con lo que se predicaba a las bases del sandinismo.

Todas las anomalías observadas en el Ministerio de Relaciones Exteriores me llevaron a revisar mi propio entorno, y comprendí que muchas de éstas y las críticas escuchadas, de alguna forma tenían que ver con mi realidad familiar. Esto fue determinante para una toma de conciencia mucho más crítica, mi propia revalorización, descubrir que la Revolución no era perfecta y que yo era parte de ese sistema de poder.

Lo anterior, reforzó mi tendencia manifestada desde 1984, durante la campaña electoral, de excluirme de la vida pública familiar. Cada vez que se referían a mí como la hija de mi agresor, me provocaba repulsión porque sentía que reafirmaban la posesión de éste sobre mí. No quería participar de la MENTIRA de aparentar la familia perfecta, cuando en verdad viví un calvario de aberraciones provocadas por el propio jefe de aquel hogar, fui su víctima de años. Prueba de lo que estoy diciendo, es que no existen muchas fotos ni tomas de televisión que reflejen una supuesta unidad y normalidad familiar, mucha gente ni siquiera sabía de mi existencia; no participé en ninguna campaña electoral de 1990, que yo recuerde.

Mi vida afectiva estaba reducida a estar segura dentro del corral y de la trampa que desde niña armó Daniel Ortega. Se me chantajeó haciendo uso de mi conciencia sandinista, con la importancia de proteger la imagen del dirigente y de mi obligación respecto a él.

Para esta época mi reacción al contacto físico corporal empeoró. No me gustó dar la mano al saludar ni mucho menos que se me diera el habitual beso en la mejilla. Era arisca. Detesté los abrazos o cualquier otra forma de manifestación de afecto que tuviese que ver con contacto físico. Sentía que todo eso era malo, cualquier roce en mi cuerpo me era lesivo y peor aún si venía de un hombre. Dar confianza a otra persona era motivo de temor, el que otra persona me pudiese hacer daño fue un horror que siempre se antepuso a cualquier motivación de carácter afectivo.

La repulsión que sentía al hablar con personas era producto de los actos consecutivos de mentiras que tuve que asumir para ocultar una verdad. Hasta cierto punto no solamente viví acuartelada producto de las férreas medidas de seguridad que sobre mí se impusieron, sino de hasta de mis propios temores y restricciones. ¡Estuve atrapada!. La vergüenza hacia mi cuerpo fue tal, que no usé vestidos que descubrieran o reflejaran partes de mi cuerpo; no usé pantaloncillos ni faldas cortas, me sentía marcada, como si todos verían en mí las huellas de aquellos vejámenes. Siempre procuré estar totalmente cubierta.

En el MINEX tuve que enfrentarme a algunos retos: ejercer mi naciente capacidad profesional y académica, convivir en un medio social complejo y conocer la otra cara de la Revolución. Fue en este ministerio donde comencé a desarrollar un ámbito y círculo propio.

El hecho de haber incursionado este nuevo ámbito, separado totalmente de la casa, agudizaron en mí algunas contradicciones internas en relación a las prácticas de Daniel Ortega. El empezar a ser yo también una persona pública y tener esta doble vida llegó a chocarme mucho, sobretodo porque aquellas prácticas fueron cada más agresivas, más violentas.

Por las apariencias ante el mundo de ser una familia unida y plenamente normal, se me persuadió y me vi obligada a participar de algunos viajes oficiales del Presidente de la República -es decir, mi agresor-, entre los cuales estuvieron los realizados a las Naciones Unidas. Esto representó para mí harto difícil, pues tuve que aparecer junto a él, mi madre y hermanos; mi madre, quien no me dirigía la palabra, asumió todo el tiempo durante estos viajes, una actitud de indiferencia total e hiriente, incluso, los vestidos que usé fueron aquellos que ya no le eran útiles, lo que siempre me hizo sentir incómoda y desagradable.

Mientras Daniel Ortega me usó como basura, mi madre me trató como desecho. Fue una doble humillación humana. Los tratos fueron similares, aunque en diferentes ámbitos y manifestaciones.

Durante estos viajes a los que me refiero, cuando mi madre estaba fuera de los hoteles, me mandaba a llamar y me obligaba a sostener relaciones sexuales en los closets de las habitaciones donde siempre ubicaba una silla por temor a que se encontrara alguna cámara espía. Esto me aterraba aún más por la posibilidad de ser descubierto en un país ajeno.

Cuando comencé a participar con mayor aceleración en actividades sociales y públicas, mi agresor se preocupó por mis contactos con un cúmulo de personas, pues eso representaba una exposición muy seria a confidencias que no eran posibles. Esta situación lo obligó a incrementar, aún más, sus medidas de seguridad y someterme a extensos interrogatorios telefónicos y nocturnos para asegurar mi silencio; cuando me quedada horas extras en la oficina procedía a llamar insistentemente. Para este tiempo yo empecé a rechazar las llamadas, y cuando no respondía utilizó pretextos para visitar la oficina del Canciller para luego, dirigirse intespestivamente hacia donde me encontraba y verificar mi presencia. Empecé a sentirme perseguida.

Durante mi tiempo de trabajo en el MINEX, estuve rodeada de cuatro compañeras, quienes me llegaron a tener mucho cariño y comprensión; pero sobre todo, para mí fue reconfortante que por gestiones que emprendí se ubicara a mi amiga Ana Clemencia, quien intuía más claramente mis sufrimientos.

He de decir, que en la medida que profundicé mis relaciones de amistad con mis compañeras, fui invirtiendo más tiempo en ellas, y hasta llegamos a compartir muchas horas en la casa. Daniel Ortega, excediéndose más allá de lo que en mí ya practicaba, llegó a presionarme para que ellas accedieran a sostener contactos sexuales conmigo, a fin de observar y excitarse, lo que no permití en ningún momento.

A Daniel Ortega no le llegó a importar su imagen ante mis amigas, pues comenzó hacia ellas también un nivel primario de insinuaciones que las atemorizaba a pesar de la lealtad que él mismo inculcaba. Sus arrebatos sexuales ya estaban llegando más lejos. Por lo que busqué personalmente formas de protegerlas y alejarlas de sus posibles atrevimientos.

Mis amigas Ana Clemencia (1983), Aída y Aleyda (1987), me ayudaron a que las puertas del mundo exterior se me abrieran con mucha solidaridad, fraternidad y confianza. Éstas, aún continúan muy cerca de mí, ayudándome a cada instante a superar mis secuelas y temores. Fueron ellas que quitando tiempo a sus familias me dedicaron horas de compañía y protección ante los acechos de mi agresor, reiterándome constantemente mi valía como persona y de la importancia del respeto y el cariño. Me hicieron ver el mundo de otra forma.

Cuando yo recibía estas visitas, Daniel Ortega comenzaba a fraguar sus nuevas artimañas para de alguna forma afectar y aprovecharse de aquel círculo de amistad; cada vez que se presentaba llevó licor, lo que me pareció extraño porque bien sabía que yo no tomaba ni tenía tendencias hacia ello. En una ocasión, cuando él calculaba que alguna de ellas se propasaba de tragos, instaba a roces y movimientos a fin de llegar a concretar fantasía sexuales, lo que no lograba, pero una vez estimulado procedía a llamarme y a practicar lo que se le ocurría en el momento en los lugares habituales.

Me insinuó en varios ocasiones, desde los primeros momentos de su acoso y abusos, a sostener relaciones sexuales con personas de mi mismo sexo; me decía que a mí no me gustaban los hombres y que en mí observaba inclinaciones hacia el lesbianismo. Esto me lo decía cada vez que yo no respondía a como él deseaba a sus ímpetus y manejos sexuales, lo que no me provocaron placer, sino todo lo contrario, dolor y amargura.

En varias ocasiones, mientras me encontraba en reuniones en el ministerio, se le ocurría mandar a llamarme de urgencia para acudir hasta donde él se encontrara y proceder a lo mismo, diciéndome que en ese momento tenía tiempo y que me necesitaba.

Fue durante este tiempo que recibí de su parte, mayores presiones para aceptar la presencia de terceros en sus prácticas donde ya utilizaba objetos. Obviamente para realizar estas prácticas él necesitó sacarme de la casa. Fue este el momento en que me citaba en un lugar que construyó en la casa de gobierno. Recuerdo que hubo alguien a quien acudí en busca de ayuda, que me sugirió soportara la cruz de mi vida, que la debía cargar con resignación. Según esta persona, me correspondía a mí, velar por la imagen y estabilidad del estadista, referirse al respecto significaba dañar la imagen del líder y con ello afectar gravemente a la Revolución, lo que se debía entender como la misma cosa.

Cuando mi madre llegó a pasar más tiempo en la casa, yo era citada a su oficina en el momento que dispusiera, incluso, a altas horas de la noche, dejando entreabierta la puerta para que sus agentes cercanos y de más confianza lo vieran, éstos siempre fueron leales y cómplices.

En varias ocasiones me propuso sostener prácticas con la participación directa de otros hombres y mujeres. Una vez acudí engañada a un llamado donde apareció otra persona; el asunto fue, en realidad, para obligarme a realizar otra práctica sexual, ahora con otro hombre convocado por él. Yo cerré los ojos todo el tiempo y seguí las instrucciones que Daniel Ortega me daba. Él, desde una silla daba indicaciones de cómo proceder. Apresuró incluso las cosas. Ante mi negativa, él mismo me quitó bruscamente la ropa y empujó al otro participante a abusar de mí, ésta persona fue dirigida en sus ejecuciones por él. Sentí miedo y vergüenza. Ambos procedieron… Después de lo sucedido resulté con problemas de salud que requirieron de una inmediata atención médica. Previo a esta práctica a la que me obligó Daniel Ortega me dio licor “para que me aventara”. Después de esta ocasión no hubo otra porque logré burlas sus trampas.

Esa práctica aberrante, humillante, lesiva y asquerosa fue una de las últimas cosas que me demostró de lo que era capaz de hacer en mi contra, temí que me hiciera mucho daño. Para este tiempo, ya practicaba la relación sexual propinándome fuertes y dolorosos golpes que parecían excitarlo en demasía; me obligó a describir escenas imaginarias con personas de mi círculo amistoso para alcanzar el mismo objetivo, ya fuesen hombres o mujeres.

En este período (Abril 1989) se me presentó la posibilidad de una beca para estudiar inglés en Londres por la Universidad Centroamericana, la que duró tres meses. Daniel Ortega continuó llamando dos veces al día durante ese lapso de tiempo, lo que por supuesto, fue muy notorio por la familia inglesa donde residí. Él llegó a grados tales, que organizó un viaje a Inglaterra para visitarme donde estaba alojada y con pretextos bien montados procedió a abusar nuevamente de mí.

El apoyo que desde Nicaragua recibí de mis amigas y Alejandro me permitieron soportar el período y los momentos difíciles que pasé en esa nación. Si bien tuve fuertes crisis, esta vez logré desarrollar mecanismos para enfrentarlas y mantenerme en clases. Esta vez y como algo positivo para mi auto-estima, logré finalizar el curso de Inglés.

La derrota electoral de 1990 y su impacto político en todos los sandinistas, definitivamente incidió en mi situación de cautiverio. En este período continué estando sola y abandonada por mi familia. En este mismo año se me descubrió un tumor en mi pierna derecha y tuve que viajar a México a operarme (Mayo 1990) sin la compañía de nadie, mi madre no me brindó el apoyo necesario ante una cirugía delicada y de resultados riesgosos. Una vez allá, una tía materna, que reside en España, fue la única que después de algunos días llegó a acompañarme. Al regresar a Nicaragua aún convaleciente, permanecí en silla de ruedas en la casa de las trabajadoras domésticas.

Fue durante este período (Septiembre 1990) que mi madre durante un incidente y una crisis nerviosa me expulsa de la casa a la media noche, bajo lluvia y en estado de salud delicado, aún no me reponía totalmente de la operación de la pierna, caminé apoyada en muletas y enyesada. Daniel Ortega meses antes y previendo este desenlace, decidió asignarme una casa que pudiese utilizar a una situación de este tipo, mi madre me arrojó de la casa con lujo de violencia. También, argumentó al asignarme la casa que si mi madre moría no de dejaría nada. Es a esta casa donde precisamente me mudo.

De parte de mi madre fue una segunda acción de absoluto rechazo a mi persona. Esta vez sentí sus deseos de hacerme daño, pues me lanzaba a la calle enferma, recién operada. Sentí ser tratado como un ser que no salió de su vientre.

Entonces, para mí, esta nueva situación significó un nuevo reto: llevar una vida independiente, siempre sola, pero alejada de aquel complejo lleno de terrores para mí.

VI. De los 23 a los 30 años (1990 – 1997)

El incidente violento con mi madre y sus posteriores reacciones viscerales, fueron razones suficientes para que Daniel Ortega no intentase hacerme regresar al complejo habitacional de la familia Ortega Murillo.

Viviendo en la casa de Bolonia, su insistencia continuó. Me llamaba para establecer horas en las que podía llegar, poniéndome nerviosa. Continuó insistiendo en sus mecanismos de control.

El 5 de Octubre de 1991 contraje matrimonio con Alejandro Bendaña. Daniel Ortega no ocultó su desacuerdo, pero al mismo tiempo consideró, según dijo con mucho cinismo, que yo podía satisfacer mis necesidades de vida pública con alguien, tener vida de pareja e hijos, pero sentenció que yo le pertenecía y que su vínculo conmigo era indisoluble. Con ello quedaba en evidencia que con su autorización el matrimonio funcionaría.

Daniel Ortega nunca respetó mi matrimonio ni la militancia ni condición de asesor de Alejandro. Me afirmó que las razones que me unían a él -mi agresor- eran divinas. Nuevamente la fatalidad se apoderaba de mí y la impotencia me consumía, aunque me sentía a salvo al menos físicamente, porque sus incursiones a mi cuerpo ya no eran posible. Sin embargo, continuó el acoso a través de llamadas telefónicas vulgares, obscenas y amenazantes. No quise dar muestras de estados de ánimos y nuevas depresiones por temor a que Alejandro me abandonara.

Durante todo el tiempo que estuve casada, el acoso de Daniel Ortega se mantuvo a través del teléfono todos los días, hasta espaciarlas por mi negativa de contestar sus llamadas. En éstas recibí insinuaciones sexuales de todo tipo; muchas veces me exigió que le comentara detalles de mis relaciones sexuales con Alejandro, por las noches me preguntaba si haría el amor y me pedía que dejara el teléfono descolgado para escuchar. Muchas llamadas nocturnas no fueron contestadas por mí, descolgar el teléfono en el fondo fue un síntoma de temor a enfrentarlo. Fue como un permanente estado de sitio. Generalmente, al dormir se me venían crisis depresivas.

Lo frecuente, persistente y obsesivo de estas llamadas me afectaron mucho. Sus insinuaciones sexuales eran totalmente pervertidas y el que me las hiciera a mí aunque fuera por teléfono, me ofendían mucho. Me insistía en la posibilidad de sostener relaciones sexuales entre los tres, es decir, entre él, Alejandro y yo, que le diera licor para que accediera. Dijo que él no participaría activamente, que solamente nos observaría. También me sugirió que filmara para luego vernos, a Alejandro y a mí, en video.

Luego vinieron aquellas llamadas durante las cuales se masturbaba, recordándome escenas pasadas con él. Volvía a sentir nauseas al escuchar su pedregosa respiración. Cuando él pedía que yo respondiera, le contestaba -evadiéndolo- que me encontraba entre gente, a lo que me sugería que me trasladara a otro teléfono para volver a llamar, a la que yo ya no levantaba.

Todas estas circunstancias, hicieron que durante el primer año de matrimonio enfrentara crisis depresivas severas, temores nocturnos, claustrofobia, no podía estar sola en ningún lugar. Su persecución me mantuvieron en constante situación de escape. Mi frustración fue evidente cuanto en determinado momento me sentí atrapada, nuevamente dentro del cerco que había tendido desde hace muchos años. Decidí entonces, iniciar un proceso terapéutico y de atención profesional, reservándome aún la verdadera causa de mi situación, no así los síntomas ni problemas de adaptación en mi relación matrimonial.

Llegué a tener dos vidas: la de mujer casada y la de presa de Daniel Ortega. Tuve miedo de andar en las calles, solamente me sentí segura en mi casa donde levantamos un muro para evitar sus acechos y atrevimientos.

Gracias a la terapia superé la dependencia a los fármacos, a los que tanto me acostumbró él. Desarrollé formas de controlar las fobias. Luego de superadas algunas cosas, no volví a mencionar la historia a Alejandro. Sentía vergüenza e inseguridad por lo vivido.

Durante las salidas de Alejandro al exterior, Daniel Ortega insistía en llamar y citarme a la Secretaría bajo cualquier pretexto, a las que no acudía. Su acoso se intensificaba durante las ausencias de mi marido, por esa razón oculté siempre toda información sobre algunos de sus viajes y le acompañé en muchas ocasiones.

Cuando me negaba al teléfono por varios días, inventó excusas para hablar con Alejandro y una vez concluida su plática, solicitaba comunicarse conmigo, lo que me obligó a confiarle a éste lo que recientemente estaba sucediendo, bajo nuestro matrimonio, sin embargo, nos inmovilizó su poder político y el respeto malentendido y protección al líder de nuestro partido.

Llegué a sentir temor, nuevamente, al repique del teléfono. Al inicio no quise decirles nada a las trabajadoras de mi casa y compañeras de oficina, me sentía aún en obligación de proteger su imagen, pero finalmente me decidí. Muchas veces fingí la voz para evadirlo.

Los viajes que emprendimos juntos Alejandro y yo fueron un mecanismo que desarrollamos para evadirlo, para escapar y protegernos.

De pronto llamaba a la oficina, donde mis compañeros de trabajo en el entendido que se trataba de asuntos de trabajo, le proporcionaban los teléfonos donde nos localizábamos en el exterior; sus llamadas eran para lo mismo, con los mismos contenidos que ya he venido apuntando. Recuerdo que para cuando decidimos residir por varios meses en Chicago, Estados Unidos, sus llamadas fueron bastantes frecuentes. Se convirtió en un fantasma en mi vida. Nunca pasaba más de dos semanas sin llamar. Recibí llamadas de él desde Medio Oriente, Europa, La Habana, etc..

Mi participación política se vio extremadamente limitada por sus incidencias sobre mí, cuando intenté colaborar con el Foro de Sao Paulo, Daniel Ortega me mandaba a llamar desde cualquier habitación del Hotel en que se realizaba la reunión, por lo que opté por retirarme; recuerdo que una vez, durante se realizaba una reunión en su oficina con una delegación extranjera y confiado que éstos estaban de espaldas a él, comenzó desde el baño a hacerme señales obscenas y a masturbase.

En 1991, también empecé a laborar en el Centro de Estudios Internacionales. En 1995 me gradué de socióloga en la Universidad Centroamericana; mis compañeras de trabajo son prácticamente las misma del MINEX. Mi crecimiento profesional siempre tuvo como característica fundamental la fuerza de voluntad, aunque las enfermedades sicosomáticas no desaparecieron.

Tuve que mantener dietas dirigidas por nutricionistas, las crisis de migrañas se repetían con frecuencia, las depresiones las escondí muy bien. De alguna manera, a través de mi desarrollo profesional e imagen pública, llegué a sentirme mejor conmigo misma; sin embargo, nunca dejé de sentir la carga del secreto, del silencio, lo que aún me hacía sentir sucia.

En este período también asumí el reto de ser madre, lo que me dio mucho temor; mi fragilidad emocional y la ausencia de mi madre me dio mucha inseguridad en torno a una experiencia totalmente nueva. Sentí muchísimo la ausencia de una madre. Tuve problemas serios debido al trauma específico de la etapa de la violación sexual que perpetuó en mí contra Daniel Ortega. Escenas de la violación cruzaron mi mente en momentos de la recuperación pos parto.

Cuando nacieron mis dos niños (Alejandro:10 Nov. 1992; Carolina: 3 Dic. 1994), no creí asumir debidamente mi rol de madre, pensé que no tenía felicidad que entregarles, las secuelas perduraron y no sabía si estaba realmente preparada para criarlos y ayudarles en su crecimiento y desarrollo. De remate, recuerdo que durante mis cuarenta días de pos parto de mi hija, él me llamó desde Cuba, en recuperación del infarto sufrido, haciéndome preguntas sobre si ya había finalizado mi cuarentena y si había reanudado mis relaciones sexuales con Alejandro.

Aún cuando yo ya tenía varios años viviendo en otra casa, la actitud de mi madre continuaba siendo la misma, el rechazo estuvo siempre presente y se extendió hasta mis hijos, durante los momentos de partos no llegó a demostrar un gesto de preocupación o de apoyo, ni a la fecha se ha acercado a ellos en tanto abuela que es.

Mi situación última se graficó de la siguiente forma: él continuó durante seis largos años su acoso telefónico desde cualquier país del mundo; volvía a sentirme cercada, sin escapatoria; sentí vergüenza ante mis hijitos. Las secuelas estaban presentes y las llamadas me provocaban repulsas y angustias.

Desde 1990 no he hecho uso de ningún recurso proveniente de la familia Ortega Murillo.

VII. A los 30 años: El estallido y la denuncia inevitable

En 1997, año en que se suman varias coincidencias y hechos en mi vida, Daniel Ortega intensifica su acoso sexual en mi contra; yo reincido en mis crisis de salud, que me obligan definitivamente a buscar y mantener de manera intensiva y sistemática atención sicológica. Las nuevas manifestaciones de acoso son las que provocaron mi estallido personal que desembocó en la denuncia pública.

Un hecho determinante, fue mi integración en Enero de 1997, por invitación de la Dirección Nacional, a la Comisión de Diseño del FSLN, cuyo mandato fue la elaboración de una propuesta para la transformación del mismo.

Anteriormente dije que mi decisión de desvincularme del trabajo político, tuvo como razón la evasión de su acoso. Sin embargo, luego de seis años de inactividad partidaria y con una temática de mucha motivación, decidí asumir la responsabilidad.

Al participar en esta comisión, procuré una serie de mecanismos de protección; siempre propuse e insistí que las reuniones de la Comisión se efectuaran fuera de la Secretaría del FSLN, a lo que accedieron los miembros de la misma. Nuestras reuniones entonces, tuvieron como escenarios mayoritarios el Centro de Estudios Internacionales y el Centro de Capacitación “Olofito”. Esta solicitud la hice evadiéndolo a él, quien sin el más mínimo reparo ni respeto procedía a citarme o enviarme recados para que me saliera y me encontrara con él, cuando las reuniones se realizaban en la Secretaría.

Especificando mejor esta situación, he de decir que durante las pocas reuniones que se realizaron en el local de la Secretaría del FSLN, Daniel Ortega me esperaba en las afueras de las salas de reuniones o esperaba a que yo saliera al baño. Primero me indicaba entrar a su oficina, a lo que me negaba; me enviaba recados con su asistente personal; en una ocasión, al medio día después de un encuentro de la comisión con los Secretarios Políticos Departamentales, casi me forzó a entrar a su oficina, a lo que con mucha determinación me escabullí y detectando la presencia de mis compañeros de comisión, me dirigí alterada e inmediatamente hacia ellos.

En esta ocasión a la que me refiero, sostuve un intercambio fuerte de palabras donde le reclamé por primera vez, con una fuerza que me salió desde muy adentro, que me dejara en paz y que no continuara dañándome. Realmente su obsesividad ya no tenía límites y estaba irrumpiendo nuevamente en todos mis espacios.

Escena similar se repitió durante la sesión de la Asamblea Sandinista Nacional, en Octubre de 1997, en El Crucero, a la que fui invitada en calidad de miembro de la comisión; en esa ocasión me aguardó a la salida, en una zona oscura y al contactarme me reclamó mi actitud de no ir en su búsqueda. Durante esta sesión, él observaba con quienes departía, me rodeaba y luego me llamaba haciendo observaciones obscenas e insinuantes en relación a mis vínculos con distintos compañeros del Frente. El ámbito de mi participación política comenzaba a representar un escenario que le estaban posibilitando nuevos impulsos de acoso permanente hacia mí.

Por la necesidad de sentirme protegida y mi interés de alcanzar una mayor participación política, procedí a confiarles a tres compañeros de la Comisión de Diseño del FSLN, y posteriormente, les externé a los dirigentes de la Iniciativa Carlos Fonseca de Managua mis reservas hacia el liderazgo de Daniel, dejando entrever situaciones de carácter político personal que se riñen con su condición revolucionaria. Busqué en este ámbito el apoyo y la solidaridad que necesitaba para enfrentar mi situación.

También procedí a confiar a otros militantes mi situación. Acudí a un miembro de la Dirección Nacional del FSLN para develar toda la historia de mi vida esperando una actitud mucho más beligerante y consecuente en los principios que profesamos; sus palabras se refirieron a la terquedad de Daniel Ortega y a la posibilidad de continuar en sus actos, dijo también que éste tenía una actitud dual y que actuaba desconociendo sus compromisos.

A los compañeros de la Comisión de Diseño del FSLN que les confié mi historia, les pedí compañía, apoyo emocional y que guardaran fervientemente el secreto, de ellos necesitaba más bien apoyo en mis momentos difíciles.

Al grupo de dirigentes de la Iniciativas a la cual estaba integrada, les pedí comprensión y paciencia ante el proceso que necesariamente conllevaba a cuestionar a Daniel Ortega, pero que primeramente haría lo posible por resolverlo en el plano estrictamente personal. Yo nunca utilicé talleres o asambleas para referirme públicamente en contra de Daniel Ortega y su liderazgo, sencillamente nunca me referí a él en positivo ni en negativo. Ante todo, siempre reivindiqué la importancia de los valores éticos y morales, y dejé planteado que esa debía ser la aspiración de un Frente Sandinista transformado.

Mi participación política pública produjo en mí problemas de identidad, pues ante mucha gente de base del FSLN tenía que callar cuando se me vinculaba filialmente a Daniel Ortega, cuando en verdad lo que existió fue horror. También debí fingir mi simpatía y respeto político. De alguna manera, llegué a sentirme agredida por los demás cuando se dirigían a mí como la hija de… y se me preguntaba por él.

Volvieron imágenes y fantasmas pasados. Empecé a tener pesadillas donde escuchaba los pasos fuertes de sus botas y le miraba con su uniforme militar de los ochenta y sus gruesos anteojos. Imágenes que me provocaron sobresaltos y terrores nocturnos. La reaparición física de Daniel, nuevamente, estimuló situaciones síquicas y sensaciones pasadas, incluso se me activaron otras que no recordaba. Volvieron los mareos, los vómitos, los problemas de equilibrio, mis sofocaciones casi asfixias, durante reuniones o talleres. Mis crisis depresivas durante las noches se volvieron recurrentes, dolores musculares, migrañas y reapareció la claustrofobia que no me permitió viajar durante el último año.

Esto, sumado a una crisis matrimonial, me llevó a iniciar por primera vez en mi vida un proceso de terapia sicológica. Debido a mi condición de madre soltera y literalmente sola, por cuanto no tenía grupo de apoyo familiar inmediato, más que el cariño de Alicia y las trabajadores de mi casa, se intensificó en mí el temor de una recaída sicológica; esta situación, me preocupó de sobre manera por mi condición ahora de madre y la exposición de mis hijos a mis problemas que afectaran su salud mental. Me determiné a no correr riesgos por ellos y procedí a atenderme profesionalmente.

Por primera vez, dije a dos profesionales respetadas, las causas de mi situación de salud actual y con ellas gesté un proceso doloroso de rescribir y reinterpretar la historia en conjunto. Con nadie y nunca en mi vida, había abordado la historia completamente. Este testimonio, incluso, representa un gran esfuerzo personal de reconstrucción, a pesar de lo doloroso que para mí ha sido, cada frase, cada párrafo, cada página, cada episodio, cada imagen, cada recuerdo traído desde lo más hondo de mi memoria y sensaciones. Durante esta atención me opuse al uso de fármacos, desde hace mucho no he vuelto a usar píldoras, ¡malditas píldoras de Daniel!.

El apoyo sicológico incluyó reconocer mis fortalezas y debilidades. He adquirido las energías y la determinación suficiente para enfrentar este momento definitorio en mi vida, del profundo amor de mi abuelita, de la fortaleza mostrada en mi sobrevivencia al horror, de la necesidad de amor y que muchas personas que sin ser mi familia me lo han brindado, asumiéndome como parte de las suyas. Tomando un tanto de cada nuevo motivo en mi vida, de mis ilusiones y esperanzas, empecé a visionar un nuevo mundo para mí y emprender nuevos caminos, haciendo a un lado mi trágico pasado, no olvidándolo, sino asimilándolo y entendiéndolo. Mis crisis, aunque no totalmente vencidas, son enfrentadas con una luz mucho más fuerte que éstas.

Es difícil superar el pasado cuando el agresor y responsable de los daños en mi humanidad, continúa amenazando mi vida, sabiéndome viviendo sola entre mujeres y dos niños. Las más recientes llamadas de Daniel Ortega, trajeron a mi memoria fuertes y dantescas escenas de un pasado aferrado a las heridas aún no sanadas. Volví a sentirme impotente, acorralada, necesitaba gritar, explotar, ya no podía volver atrás, mis hijos fueron siempre un motivo para aventarme en medio de la camisa de fuerza que representaron mis miedos, debía detenerlo, aunque me haya recomendado mi sicóloga aislarme de todo para prevenir una fuerte recaída.

Tuve que aprender a colgar el teléfono, pues yo simplemente me quedaba inmóvil. El sólo hecho de que sonara el teléfono a altas horas de la noche, sabiendo que era él, me producía una nueva crisis nerviosa que me produjo en más de una vez, la necesidad de salir de la casa a altas horas de la noche o la necesidad de hacerle daño a mi cuerpo. Reapareció nuevamente el asco, los vómitos y las migrañas.

Debo mencionar que el estar viviendo sola, provocó que mi hermano Tino intensificara su acercamiento. El y yo hemos desarrollado una relación especial a pesar de lo que nos separa de toda esta historia. Yo sentí que quiso estar a mi lado y al de mis hijos durante mi etapa de separación. El vínculo con Tino me produjo sensaciones contradictorias en relación a si era el momento de intentar acercarme a mi madre. Me sentí muy sola, y reafirmé la realidad de que mis hijos no tienen familia. Sin embargo, intentar acercarme a ellos cargando con el acoso de Daniel Ortega era ser falsa.

Las sensaciones reaparecidas y recién detectadas, para mí fueron evidencias de que mis traumas y confusiones sicológicas no había desaparecido.

Además del acoso en el ámbito de mis actividades partidarias, continuó sus llamadas amenazando con llegar a altas horas de la noche a mi casa en Bolonia. Me decía que mi separación tenía como motivo el hecho de que yo era lesbiana, y que él mismo tenía información de mi círculo de amigas más frecuentes con las que departía placer. Comprendí hasta este momento, que las alusiones a mi supuesto lesbianismo era para provocar en mí reacciones favorables a él.

Después de tantas complicaciones, regreso de situaciones intensas y mis propios cuestionamientos de carácter político-moral, me condujeron a abordar directamente la situación con Daniel Ortega. Inicialmente, el día de mi cumpleaños (13 de noviembre de 1997), envié simultáneamente a él y a mi madre, un libro titulado “Del ultraje a la esperanza. Tratamiento de las secuelas del incesto”, de la doctora Gioconda Batres Méndez, libro que me ayudó mucho a entender los fenómenos y mis propias secuelas.

Con el envío de ese libro, albergué la esperanza que ellos mismos, por primera vez, abordaran con seriedad el asunto, pero creo que me equivoqué.

Al tener conocimiento de mi proceso de terapia, ellos tuvieron el temor de que yo hiciera algún tipo de denuncia, lo que a su vez, generó en mí una expectativa de una posible oportunidad de acercamiento de mi madre, lo que tampoco fue así. Su comportamiento fue el mismo, me continuó culpando, responsabilizando y castigando.

La conversación con Daniel Ortega se llevó a efecto el 11 de Diciembre de 1997, la que empezó de su parte con un recuento de su condición de salud. No sé si fue una patraña más o si fue honesto. Yo también le hice saber de mis problemas, de mis serias complicaciones de salud y a renglón seguido, le eché en cara de manera enérgica el daño que perpetuó en mí, también le contra argumenté por primera sus manipulaciones, tanto las referidas a supuestos sentimientos hacia mi, como aquellas referidas a causas políticas.

Él mismo reconoció que en todo esto hay dos víctimas: mi madre y yo; que nunca me vio como hija; que la cárcel le produjo transtorno severos en su conducta sexual, que lo perdonara. Mostró preocupación por mis afirmaciones y me preguntó si yo preferiría verlo muerto, o si algún día lo perdonaría. Manifestó su interés de continuar la conversación, quise creer que sus disculpas eran genuinas, verdaderas; lo creí de momento arrepentido y por mi parte sentí recuperar dignidad. Haber tenido el valor de enfrentarme personalmente a Daniel Ortega, con la firmeza y determinación, me hizo mucho bien.

Su acoso continuó. La misma noche del 11 de Diciembre procedió a llamar por teléfono en tres ocasiones con excusas diversas. Al día siguiente, lo hizo en dos ocasiones y así sucesivamente. Pensé que era una etapa de temor a una acción pública de mi parte, pero no. Nuevamente insistió diciéndome “Esto no puede terminar así. Esto no termina aquí”. Comprendí entonces, que la amenaza estaba siempre latente, que nada de lo que me dijo fue sincero.

Ante esta nueva fase, mi ex-compañero, enterándose de la situación dada, por primera vez lo confrontó también telefónicamente (últimos días de Enero 1998), en un intento de detenerlo. Sorprendentemente, Daniel Ortega le afirmó a Alejandro que era yo quien lo buscaba y quien tenía problemas existenciales y emocionales; le argumentó que me estaba rodeando de personas sin madurez política que me estaban haciendo percibir las cosas de otra manera. Inmediatamente, informada por Alejandro del intercambio sostenido, procedí a llamarlo y encararlo en lo que había dicho; por supuesto, se negó de todo, -así ha sido su costumbre para quienes no lo conocen-. Acusó a Alejandro de haberle humillado y que no le aguantaba a ningún huevón ese tipo de reclamos. Me confió estar atemorizado con toda esta situación, que yo lo tenía enfermo y que le pidiera lo que quisiera para mi tranquilidad. Yo, solamente le pedí una cosa: QUE ME DEJARA EN PAZ Y RESPETARA MI PARTICIPACIÓN POLÍTICA. Esta fue la última vez que hablé con él (Febrero 1998).

Ante estos hechos, Daniel Ortega y mi madre desataron toda una campaña de descalificaciones en mi contra a lo interno del partido. Empezaron incluso a hablar de la historia del abuso de forma distorsionada. Promovieron informaciones que me ubicaban a mí en el bando de Mónica Baltodano dentro del FSLN, se desataron acciones de persecución. Alguien confió tener instrucciones de informar sobre mis llegadas al departamental del FSLN e informar de lo que yo abordaba en talleres y reuniones. Me sentí no solamente acosada sexualmente, sino también, perseguida políticamente. Esto me llevo a valorar mi propia participación.

Mi crisis se intensificó. Mis terapeutas, ante los hechos, me recomendaron salirme de todas las actividades partidarias y viajar al exterior, para que sin acoso y alejada de los ataques de Daniel Ortega, pudiese someterme a tratamiento. Ninguna de ellas aprobó ni recomendaron la denuncia pública por considerarla en extremo riesgosa para mi vida y mi fortaleza emocional. Tenía la sensación de que estaba siendo condenada al exilio, no estaba teniendo derecho ni a vivir en mi propio país, a ser curada aquí, y se me estaba negando mi derecho a la participación política.

Las pruebas por las que he tenido que atravesar han sido demasiadas. Salir del país para mí significaba reconocer una culpabilidad que no poseo. Se me estaba diciendo que no podía demandar justicia ni exigir respeto personal ni político. SENTÍ NO TENER MÁS ALTERNATIVA QUE DENUNCIAR. ¿Hablar con las instancias del partido? ¿Qué podía esperar de éste, si un miembro de la Dirección Nacional me confió que “la terquedad de Daniel lo hace actuar de forma obsesiva”? ¿QUÉ PUEDO ESPERAR DE UN PARTIDO QUE SÉ PERFECTAMENTE CÓMO ES MANIPULADO Y ENGAÑADO POR DANIEL ORTEGA SAAVEDRA?.

Ese fue el momento decisivo: mi vida.

VIII. Finalmente

He mencionado todos aquellos factores, que además de someterme a una oprobiosa e indigna situación, me conducían a un holocausto personal. Nuevamente, durante los primeros dos primeros meses de 1998 me estaba sintiendo atrapada. Daniel Ortega Saavedra, bajo los argumentos de supuesto amor y predestinación, insistió descaradamente en su acoso y pretensiones.

Hoy digo con mucha convicción, que no puede llamarse amor al acoso de un hombre de 34 años sobre una niña de 11; no puede llamarse amor a la violación consumada en el acto y prácticas sexuales degradantes; no puede llamarse amor al acecho, a la persecución, al aislamiento, al espionaje, a la manipulación ni al chantaje afectivo y político. Eso no puede tener otro nombre que ABUSO DE PODER basado en el sometimiento sicológico que inmoviliza al ser humano.

Mencioné anterior, que mis terapeutas no recomendaron la medida de hacer una denuncia pública, sino que la emprendí sin el acompañamiento de las mismas. Por la envergadura del caso debía ser yo misma la dueña absoluta de mi decisión final.

Así, en el mes de Febrero del presente año y en medio de esta situación, empecé a considerar la necesidad de hacer esta denuncia pública. Dediqué muchos días y noches para considerar y reflexionar esta opción. Mis meditaciones fueron altamente espirituales y muy consciente.

Consideré con serenidad, que ante todo y en primer lugar, estaba mi urgente necesidad de detener el acoso; y en segundo lugar, dejar atrás el pasado. Me convencí y así me determiné, que la mejor forma de detener al DEMONIO era enfrentándolo directamente, denunciándolo en sus propias fechorías y aberraciones. Lo que me exige y exigirá fuerzas para reconocer y superar mi dolor.

Recuperar mi apellido es un acto de justa y loable reivindicación. Es necesario e indispensable para mí, PONER FIN A UNA FALSA IDENTIDAD.

Recuperar mi apellido implicaba decir las causas verdaderas; mentir o deformar la historia de mi tragedia significaba continuar negándome. En tal sentido, he querido ser honesta y actuar conforme a la verdad, conforme a lo que realmente me sucedió y sobreviví, animada en el aliento de la vida y del amor, porque QUIERO VIVIR, y no me da vergüenza ya gritarlo.

Sé que a través de mi oraciones, de mis meditaciones y de la profunda fe recién fortalecida, me permitiré actuar con la debida paciencia e inteligencia para que mi decisión por mi verdadera identidad se logre. Estoy convencida que no hay energía negativa ni alma cobarde, capaz de detener el curso de la luz y la verdad.

La decisión la tomé el 26 de Febrero de 1998. Inmediatamente procedí a prepararme en todas sus implicaciones, tanto en lo personal como en lo político. Tomé las medidas pertinentes de cuido y seguridad en relación a mis hijos y personas que conviven conmigo; en lo político tomé la decisión de retirarme de las actividades del grupo de militantes de Managua a la que estaba integrada; laboralmente hice otro tanto en el aseguramiento del desarrollo de los programas y proyectos que están bajo mi responsabilidad y dejar clara la distancia en relación a mi caso estrictamente personal.

No fue una decisión fácil. De momento me invadieron angustias, temores y pesimismos.

La ejecución de mi decisión se dio el 2 de Marzo de 1998, en mi casa de habitación, donde invité a mis amistades más cercanas para compartir con ellas un momento que para mí fue trascendental. Significó algo así como mi bautizo, un evento solemne, que no tenía que ser triste ni tampoco una celebración. Fue una despedida a una vida pasada y el advenimiento de una nueva. Así he comenzado el camino de mi propia liberación.

Zoilamérica Narváez Murillo


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